Capítulo Primero
Kilmore Cove
Los últimos rayos de luz de la tarde iluminaban la diminuta bahía donde se encontraba aposentado el pequeño pueblo de Kilmore Cove. Las olas que llegaban a la orilla bañaban los pies de una figura que paseaba por la arena. Un simple adolescente. Alto, de pelo castaño y con una figura imponente. De repente, el graznido de una solitaria gaviota irrumpió en los pensamientos del joven, sacándolo de su ensimismamiento. Levantó la vista y sus ojos, de un azul brillante, enfocaron la silueta del ave, que se alejaba hacia el acantilado. El acantilado, Mermaid Cale. El lugar donde se erigía el mayor sueño del adolescente. Ridgway Hall, la residencia de la familia Ridgway desde tiempos inmemorables. Desde que su antepasado, Marcus Ridgway, en el siglo XV, llegara a la bahía con su galeón y tomara posesión de la zona, creando el pequeño pueblo que ahora estaba allí. El lugar donde el joven vivía, justo a los pies del acantilado, en la encrucijada que llevaba a la ciudad y a la carretera del acantilado. El joven llegó al final de la playa y se calzó las sandalias que llevaba en la mano. Después corrió hacia su casa para llegar a tiempo a cenar.
-Hola mamá-saludó el joven. Se llamaba Edward Richardson, tenía 16 años y era el mejor de su clase. Le gustaba leer novelas de asesinatos, escribirlas él de su puño y letra, salir a hacer footing y dar largos paseos por la playa.
-Hola Edward, ¿has ido a correr?
-Si, después he dado un paseo. ¿Qué vamos a cenar?
-Pescado frito
-OK. Me subo a duchar y ahora bajo.
Cuando llegó arriba, vio que sus cosas estaban de nuevo revueltas y su mesa desordenada. “Tommy” pensó. Edward tenía u hermano pequeño llamado Tomás, pero le apodaban Tommy. Tenía 8 años y era un muchacho muy curioso, tanto que le encantaba husmear entre las cosas de su hermano con tal de descubrir alguna cosa que Edward tuviera escondida. “Se va a enterar” pensó Edward, y luego gritó:
-¡¡MAMÁ!!¡¡TOMMY HA VUELTO A COTILEAR ENTRE MIS COSAS!!
Pero otra voz a la que esperaba le contestó:
-¿Otra vez?-Era una voz profunda y tranquilizadora, que supo enseguida pertenecía a su padre. Se llamaba Richard y era el jefe de la estación de trenes del pueblo. Era un hombre alto, de hombros altos y con un curioso remolino en el pelo que Edward había heredado.
-Hola papá, ¿que tal el día?
-Bien. Ahora hablaré con Tommy, no te preocupes.
-Ya lo se, pero es que esta debe ser la milésima vez que le hace, y ya sabe que eso me pone de los nervios.
-Vale. Voy a buscarle.
-Bien-y resopló. Odiaba que hurgaran entre sus cosas (sino era con su consentimiento) y que, además, Tommy ni intentara ocultar la inspección ordenándolo todo de nuevo. Era como si disfrutara cuando le regañaban después de pillarle.”Es exasperante”pensó Edward. Cogió una muda limpia y un pijama y se fue a duchar. Cuando se duchaba o bañaba, se le aclaraban las ideas, y eso le ayudaba mucho a estar tranquilo.
Cuando terminó, bajó a cenar y después se conectó al “TUENTI” para comprobar si sus amigos habían colgado algo. No encontró nada y se subió a leer un poco antes de dormirse. Cogió un volumen de su estantería, “Asesinato en el Orient Express” de Agatha Christie, su escritora favorita. Comenzó a leer y al rato se durmió sobre el libro. Notó como, al rato, su padre entraba en su cuarto y le acomodaba en la cama, retirando a su vez el libro no sin antes marcar la página por donde se había quedado su hijo para que no tuviera que buscarla. Lo arropó y se marchó, cerrando la puerta y dejando que en la cabeza de Edward se crearan historias sobre deducciones y detectives.
*****
El día amaneció soleado y sin nubes visibles en el cielo. La luz del sol entró por la ventana de Elisabeth Níger. Entornó los ojos y se desperezó, tras lo cual se sentó en la cama y contempló su dormitorio. Elisabeth era una chica alta, con un cabello largo y rubio y una brillantes ojos verdes, herencia de su madre. La gustaba pintar y cantar, y solía reunir a sus tres amigos para que la escucharan cantar y le dieran su opinión. Divisó su bata debajo de unos vaqueros y se levantó a por ella, se abrochó el cinturón y salió de su cuarto. Su familia estaba ya levantada, como pudo ver al entrar en la cocina. Allí se encontraban sus padres y su hermana pequeña, Paula, desayunando. Saludó con la mano y abrió el armario donde estaban los bricks de leche. Abrió uno y vertió parte del líquido en un tazón. Después puso Cola-Cao y por último echó unos cereales en el cuenco. Se sentó en la mesa a desayunar y mientras habló con su familia.
-¿Qué tienes planeado hacer hoy?-le preguntó su madre.
-Quiero ir a la ciudad con Edward, Daniel y Rosalie.
-Muy bien. ¿Vendrás a comer?
-Seguramente no. Queremos ir de compras y después al cine. Volveremos sobre las 6 de la tarde.
Dicho esto dejó el cuenco vacío en el fregadero y volvió a su habitación. Le quedaba 1 hora hasta tener que reunirse con sus amigos, así que decidió rizarse los rubios cabellos.
En el mismo momento en que Elisabeth bajaba a desayunar, Daniel Fredicksen, su amigo, volvía de comprar el pan de la tienda del pueblo. Eran las 11 de la mañana y le gustaba ir a por el pan a esa hora, ya que era cuando los primeros rayos del sol se reflejaban sobre la superficie del mar, creando colores de una gran belleza. Daniel era un chico no muy bajo, delgado y con unos rizos rebeldes que le hacían inconfundible.
Cuando estaba llegando a la plaza del pueblo se sobresaltó al oír su nombre:
-¡¡DANIEL!!
Se dio la vuelta y vio que su amiga Rosalie Ridgway, la hija de los Señores Ridgway, corría hacia él. Era una chica de estatura normal, con el pelo ensortijado y de color negro. Tenía los ojos marrones y adoraba cuidar de sus dos pequeños yorkshire terrier, que se llamaban Tom y Jerry. Le extrañó verla en el pueblo a esas horas, ya que su casa (palacio, mejor dicho) se encontraba en la cima del acantilado. Entonces se acordó de que su abuela Rosella tenía una casa en el pueblo, cerca del faro. “Debe de haber pasado la noche allí, hacía mucho que no se quedaba” pensó Daniel. La saludó con la mano y caminó hacia ella, con lo que Rosalie aminoró la marcha. Cuando se acercaron Rosalie le sonrió y él le devolvió la sonrisa. Se sentía muy gusto con sus dos amigas, quizá un poco más con Elisabeth, pero Rosalie también le gustaba. Ella le preguntó:
-Hola Dani, al final hemos quedado a las 12:30, ¿no?
-Si, estoy seguro. Ahora venía pensando en ello.
-Vale, muchas gracias. Es que no estaba segura. Bueno, me subo a casa a cambiarme.
-Si, claro. Como vives arriba, bueno, es decir, en el acantilado, en la cumbre, y, claro, la cumbre siempre está arriba, esto…-consiguió articular Daniel, poniéndose colorado. Rosalie se rió.
-Si, claro. La cumbre siempre está arriba. Nos vemos luego. Adiós-y echó a correr hacia el pie del acantilad. Daniel se quedó unos momento más totalmente quieto hasta que Rosalie, a lo lejos, se dio la vuelta y le saludó con la mano. Él apenas puedo devolverla el saludo levantando un poco la mano y moviéndola hacia los lados. Después pudo recuperar el control de si mismo y se puso camino a su casa.
Rosalie subía por las escaleras de piedra talladas en la roca del acantilado de camino a su casa. Iba pensando en el encuentro que acababa de tener con su amigo cuando la torre de su casa, Ridgway may, asomó por el horizonte. Como la odiaba. Odiaba esa torre. Con su absurda veleta y sus ventanas redondeadas. La recordaba la forma en que su tía Bellatrix Ridgway, manipulaba a sus padres. No soportaba ver como ellos cedían bajo las exigencias de su tía Bella, que era la que había solicitado la construcción de la torre para poder subir a “ver el océano cuando quisiera”.
¡Pero a quién se le ocurre poner una torre en una casa que daba al mar solamente para poder verlo! Eso la sacaba de quicio, pero su padre estaba en esos momentos de viaje de negocios y su madre era la que estaba al mando de la casa. Aunque su madre (que se llamaba Esmeralda) era conocida por no ceder fácilmente, su hermana conseguía todo lo que quería. Esmeralda intentaba ocultar esta “dictadura” a los ojos de su hija, pero Rosalie no era una niña, y aunque delante de sus padres fingía no saber nada del asunto, estaba segura de que había algo detrás de tanto “lo que tu quieras Bella” o “por supuesto Bella, hoy mismo”. Rosalie sospechaba que, antes de que ella naciera, algo había pasado en la familia, algo que solamente sus padres y su tía sabían, un secreto que debía permanecer en la sombra y no podría ser nunca desvelado. Sino, no encontraba otra explicación a la dictadura de su tía sobre los Ridgway.
Ojalá le pasara algo a su tía.
Este pensamiento la vino de golpe, y ella rápidamente lo desechó. Bellatrix era su tía, un miembro de su familia, ¿cómo podía haber podido pensar eso? Intentando olvidar esa idea, atravesó la verja de hierro forjado que daba paso a su finca, y presa del pánico por aquel pensamiento que la sonaba en la cabeza, echó a correr hasta la puerta principal de Ridgway Hall.
La hora pasó rápidamente para los cuatro amigos, que se encontraron a las 12 en punto en la estación de trenes del pueblo. Se saludaron y sacaron los billetes del tren que les debía llevar a la ciudad. A los 5 minutos escucharon un pitido y, por la esquina, apareció Betsy, la locomotora del siglo XX que llevaba a los transeúntes a la ciudad. A pesar de tener ya unos años, nunca había fallado y ya no echaba humo, se la había quitado el motor a carbón y se la había instalado un motor moderno, de los que van por cales eléctricos. El maquinista, Simeón Lemond, un hombre de unos cuarenta y cinco años, los saludó con la mano y tocó el silbato de la máquina. Esta se detuvo con delicadeza y se abrieron sus puertas. Los pasajeros entraron y los amigos fueron al vagón más cercano a la cabina, para saludar a Simeón. Este les dejó pasar a la cabina del conductor y los acomodó en unos sillones detrás de él. Después, tocó de nuevo el silbato para avisar al padre de Edward de que se marchaba. Él le devolvió el pitido y la locomotora se puso en marcha. El trayecto a la ciudad apenas duró 10 minutos, tiempo más que suficiente para que Simeón les contara otra de sus divertidas historias de trenes.
Cuando llegaron a Denver, se despidieron de Simeón y se encaminaron al centro comercial de la ciudad. Cuando llegaron allí, Daniel propuso que se separaran los chicos de las chicas, para que cada uno entrara en las tiendas que fueran de gustos parecidos y que se volvieran a juntar 1 hora después. A os demás les pareció bien Rosalie y Elisabeth se fueron por un lado mientras Edward y Daniel se iban por otro. Cada pareja conversaba sobre la otra.
-Opino que son muy tímidos, ambos. ¿No crees?
-Claro que si. Fíjate, hoy me he encontrado a Daniel por la mañana en la plaza y le he ido a saludar. A los 2 segundos ya se había trabado y estaba como un tomate.
-¡Que monada! A mí me pasa lo mismo con él- dicho esto ambas amigas se carcajearon y se concentraron en cual de las múltiples tiendas del centro visitarían antes. Quizá les compraran algo a esos dos tarugos…
-Te lo digo en serio, no pude hablarle. Se me trabó la lengua y me puse a decir idioteces. ¡Maldita sea!
-Tampoco pasa nada. Yo también me corto a veces cuando me quedo solo con Rosalie. Y considérate afortunado, porque tú solamente te pones colorado, ¡yo ardo!
-Que dices, ¿en serio?-se rió Daniel.
-Si, no es nada gracioso.
-Bueno, dejémoslo así-decidió Daniel, aunque seguía riéndose por lo bajo.
Ambas parejas pasaron una hora de tienda en tienda, encontrándose a veces. Las chicas iban a tiendas como Mango, Primark y Bijou Brigette, mientras que los chicos entraban en Foot Looker y Décimas. La hora pasó rápidamente y los cuatro se reunieron en el centro del centro comercial. Echaron a votación donde comer y acabaron en un restaurante llamado “El Lodge”, un pequeño pero acogedor establecimiento que en días festivos y cuando iban a la ciudad visitaban con sus familias.
Después de comer cada uno llamó a su madre para avisarla de que todo iba bien y que ahora iban a entrar en el cine. Cuando terminaron, se encaminaron al cine, no sin antes buscar una taquilla donde dejar todas las bolsas. Cuando las encontraron, Edward sacó 1 euro y lo metió por la ranura, dejaron las bolsas y Daniel se guardó la llave, ya que era el único que llevaba cremallera en los bolsillos de los pantalones. Dejaron atrás las taquillas del centro comercial y llegaron a las del cine. Se decantaron por una película de suspense, “El Retrato de Dorian Gray”, que empezaba media hora después. Se pasearon por los alrededores del cine. Rosalie se separó del resto del grupo para acercarse a ver un lago que estaba enfrente del cine. Le pareció precioso, con sus correspondientes patitos y sus ondas que surcaban la superficie del agua. Estaba reflexionando esto cuando vio por el reflejo, una figura que le resultaba conocida. Levantó la vista y vio a su tía en el otro lado del lago, observándola. Bellatrix sonreía socarronamente, la saludó y después se encaminó a su coche, en el que Adrián, su chofer y el de toda la familia, cargaba montones de bolsas de tiendas muy caras. Seguro que el dinero que había empleado en la compra era de sus padres. Maldijo por la bajo a su tía y no la devolvió el saludo. Vio como montaba en el coche, recogiéndose el vestido color salmón que le llegaba por debajo de las rodillas. Cuando abrió la puerta y se sentó en el asiento, sólo llegó a ver los tacones blancos de su tía que un segundo después desaparecieron. Adrián la cerró la puerta y saludó a Rosalie sonriéndola. Ella le devolvió la sonrisa, pero entonces la cara de Adrián se transformó en lo que realmente era, un hombre mayor cansado que servía a una prepotente señora y que veía como un linaje tan antiguo como el de los Ridgway quedaba manchado por la mano de semejante mujer, una chantajista sin escrúpulos que estaba martirizando a una familia que debía ser feliz.
A cualquier precio.
Adrián se sobresaltó pensando semejante barbaridad y se metió en el asiento del conductor. Acto seguido arrancó y se marchó con Bellatrix. Pero Rosalie se había dado cuenta del pensamiento de Adrián. Sabía que odiaba a su tía tanto o más que ella, ya que él sabía que era lo que había ocurrido en el pasado, antes del nacimiento de Rosalie. Lo que la joven no sabía era la causa del chantaje de su tía a sus padres. Intentó olvidar lo que había visto y volvió con sus amigos, ya que la media hora de espera había concluido. Se acercó a sus amigos sonriéndoles y los cuatro entraron en el edificio, dejando atrás preocupaciones y temores.
Cuando terminó la película, los amigos salieron comentándola. Les había encantado a todos. Fueron a por las bolsas a las taquillas, comprobaron que les quedaba dinero para pagar el billete de vuelta a Kilmore Cove y se fueron a la estación de trenes. Allí esperaron a que Betsy apareciera por la esquina de la estación con Simeón al mando. Pasados apenas 5 minutos llegó la locomotora a la estación y ellos volvieron a la cabina del conductor para ir con el viejo Simeón. El viaje de vuelta se les pasó muy rápido también, ya que le fueron contando la película al hombre, que les escuchaba atento a las vías. A las 6 menos 20 llegaron a Kilmore Cove. Se despidieron de Simeón y bajaron andando hasta la plaza del pueblo. Cuando llegaron allí vieron un gran cartel colgado de la fachada del ayuntamiento:
“Fiesta en la Mansión Ridgway”
El día 26 de Julio se celebrará en la mansión de la familia Ridgway una
pequeña fiesta en honor a la señora Esmeralda Ridgway, que cumple
la edad de treinta y ocho años. Se agradecerá la presencia de
amigos y habitantes de Kilmore Cove a dicho festejo.
Se permiten llevar familiares y amigos que no sean de
Kilmore Cove. La fiesta comenzará a las 7 y media de la
tarde y se prolongará hasta las 11 como máximo.
Los jóvenes se quedaron mirando el cartel q ue colgaba del edificio hasta que Rosalie dijo:
-Esto no puede ser obra de mis padres. Seguro que ha sido mi tía. La muy… quiere hacerse la buena con mamá.
-Vaya, vaya…que lista es tu tía-observó Elisabeth.
-Desde luego-aprobó Edward.
-¿Qué pretenderá anunciando esto?
-Es evidente, pretende ganarse el favor del pueblo.
-Una mujer inteligente tu tía.
-No me digas.
-¿Qué hacemos entonces?
-Lo único que podemos hacer. La fiesta es pasado mañana, ¿no? Rosalie ese día no podrá salir, ya que deberá ayudar a prepararlo todo, así que iremos como invitados, cada uno con sus padres, a la fiesta y allí nos encontraremos. Por lo menos, te quitaremos a tu tía de en medio un poco- dijo Edward.
-Me parece bien.
-Estoy de acuerdo.
-Es perfecto.
Y con este plan cada uno se marchó a su casa, pensando en las maquiavélicas intenciones que habían llevado a Bellatrix Ridgway a celebrar una fiesta en honor a una hermana que martirizaba.