Epílogo

Epílogo

Pasó el tiempo y en Kilmore Cove los padres fueron sustituidos por los hijos en las tareas del hogar. El pueblo no había cambiado nada en los últimos 20 años, no se había modernizado casi nada. Nada de centros comerciales ni oficinas. Tan sólo una nueva gran antena parabólica. La plaza seguía como antaño y las casas de alrededor también. Alguna que otra reforma se había producido, pero nada que llamara mucho la atención. En el acantilado de Mermaid Cale el parque allí seguía aposentado. Era Un niño se acercó a sus padres. El hombre le cogió en brazos y le acompañó dentro de la casa, seguido de la madre. Entraron en el salón y el niño se aproximó a una mesa de café de la sala. En ella había una foto. El niño la señaló y dijo:
-¿Flor?
-Si- dijeron sonrientes Edward y Rosalie. En el marco había enganchado un pétalo de rosa marchito.

Capítulo Noveno: Mermaid Cale

Capítulo Noveno
Mermaid Cale

La luz de la luna bañaba las olas y las daba un carácter plateado. Estas llegaban hasta la playa, donde bañaban los pies de un adolescente que caminaba por la playa descalzo y con las sandalias en la mano. Edward levantó la vista hacia el cielo, donde la luna brillaba con un resplandor hipnótico. Edward sonrió ante la belleza de la visión del cielo. Habían pasado ya dos meses desde que la madre de Rosalie le había hecho una gran abertura en el pecho. Miró hacia el acantilado de Mermaid Cale. Ahora ya no era una finca privada. Rosella, la abuela de Rosalie había decidido crear un lugar de ocio. Había rodeado el borde del acantilado con una verjas decoradas con rosas de bronce y en el centro del parque había mandado poner una estatua que representara a una sirena saltando por encima del pueblo de Kilmore Cove en el centro de una fuente, de modo que pareciera su protectora, ya que “Mermaid” significa “Sirena”. Alrededor de la enorme fuente había bancos, arbustos, árboles y estanques, además de un pequeño escenario con unas gradas para ver espectáculos. Edward decidió subir hasta el parque, ya que debía volver a casa a las 10 y todavía eran las 9. Se calzó las sandalias de cuero y se acercó a las escaleras del acantilado a las que habían puesto un pasamanos y recubierto de madera para evitar resbalones. Subió despacio y sin prisa. Cuando llegó a la entrada atravesó el arco de piedra que servía de puerta. Deambuló por los alrededores de la fuente, en ese momento apagada, oliendo aromas de flores y mirando cada flor que le llamara la atención. Se sentó en el banco que daba al mar y se sentó. Desde allí parecía que el mar no tenía fin. Tosió y arrugó el entrecejo por el dolor que le había producido en el pecho. Respiró profundamente para que el calor que le quemaba por dentro pasara. Poco a poco el dolor desapareció de su pecho. Se puso la mano en él y allí la dejó, como para consolarse. El médico le había advertido que no hiciera movimientos bruscos ni ningún deporte. Que solamente diese grandes paseos para compensar la falta de ejercicio. Edward llevaba bien el no hacer ejercicio, pensó que su amigo Jonathan no lo habría podido aguantar. Con lo activo que era, a la semana estaba de nuevo en el hospital. Sonrió ante ese pensamiento y cerró los ojos. Escuchó el romper de las olas contra el acantilado.
Se levantó del banco y caminó por el parque. A la luz de la luna, las hojas de los árboles y arbustos eran de plata; las piedras, diamantes; y la fuente un surtidor de esperanza y felicidad. Se aproximó a la fuente y se agachó para ver la playa del Kilmore Cove en miniatura. No le hizo falta acercarse más a la escultura para ver a las personas que estaban en la playa. Eran ellos mismos, Rosalie, Daniel, Elisabeth y él. Todos en cadena, cogidos de las manos y sonriendo. Una solitaria y silenciosa lágrima le cayó por la ardiente mejilla al pensar que ellos no estarían allí sino hubieran sobrevivido a Ridgway Hall. Alargó la mano y rozó con las yemas de los dedos las figuras que representaban a Rosalie y a él mismo. Apartó la mano y buscó con la mirada u rosal en toda la superficie del parque. Lo encontró cerca del arco de entrada. Se acercó a él y, de una rosa, arrancó un pétalo. Volvió junto a la fuente y lo depositó junto a las figuritas de Rosalie y él. Luego se levantó y miró su reloj. Le quedaba tiempo de sobra para ir a visitarla. Siguió el camino de piedras blancas hacia el arco de piedra y se paró. Volvió a tras y, del rosal, arrancó una rosa, la más bonita y abierta de todas. Después corrió fuera del parque y bajó por las escaleras del acantilado. Cuando llegó a bajo se encaminó a casa de Rosalie.
Un suave viento se levantó en el pueblo. La corriente de aire subió por el acantilado rauda y silenciosa, atravesó el arco y entró en el parque allí aposentado. Se paró ante la visión del pétalo de rosa en la fuente. Se acercó a él y lo levantó. Después se lo llevó volando del lugar. Subió por encima de la valla de hierro y cayó hacia abajo, pero remontó el vuelo y el pétalo giró a la derecha, hacia la playa del pueblo. Cuando llegó, una nueva corriente lo elevó para que pudiese llegar al pueblo. La corriente llevó al pétalo volando hasta la fachada de una casa. Allí lo elevó un poco más y lo metió por una ventana abierta, depositándolo con sumo cuidado encima de un libro. “Romeo y Julieta”.
Edward entró en su casa y gritó un potente “¡YA ESTOY AQUÍ!”. Su madre le saludó y le dijo que subiera a cambiarse. Él la dio un beso en la mejilla y saludó a su padre y su hermano, que estaban terminando la maqueta de Atenas. Subió por las escaleras bostezando y entró en su cuarto. Se acercó a cerrar la ventana cuando lo vio.
Un pétalo de rosa sobre uno de sus libros favoritos. Levantó la mirada al acantilado y observó el parque. Supo de donde provenía el pétalo y sonrió, cogiéndolo. Lo colocó en un marco de fotos. La foto era de él y Rosalie.

Pero, la historia no acaba aquí…

Capítulo Octavo: La caída de Ridgway Hall

Capítulo Octavo
La caída de Ridgway Hall

Esmeralda Ridgway caminaba regia y altiva con el hacha en la mano. Sabía que tarde o temprano los chicos esconderían a las chicas y se intentarían enfrentar a ella. Sonrió ante la posibilidad de que la vencieran. Era muy remota. De repente, escuchó un entrechocar de metales y se paró. Miró a los lados y vio las armaduras. Les faltaban piezas. Así que esa era la treta con que la iban a “vencer”. Usando armas medievales falsas que se partirían al más mínimo golpe de su hacha. Previsora, cogió un escudo con la mano izquierda y siguió caminando. Entonces aparecieron corriendo hacia ella. Edward y Daniel. Con unos escudos y con una espada y una lanza. Esa era su defensa. Se rió para sus adentros y colocó el escudo tras ella. Tal vez no lo hubieran visto. Ellos atacaron, Edward levantado su espada y Daniel estirando su lanza. Esmeralda esquivó la trayectoria de la lanza y repelió el golpe de espada. A continuación se giró. A la espalda de los chicos quedaba el vestíbulo en llamas. Empezó a andar y ellos volvieron a atacar. Al fin sacó el escudo y con él empujó a Edward, que cayó hacia atrás en mitad del pasillo, mientras que de un certero hachazo partía la lanza por la mitad. Daniel retrocedió corriendo y ayudó a Edward a levantarse. Ahora solamente les quedaba un escudo para defenderse, ya que la lanza estaba partida y la espada y uno de los escudos doblados. Daniel se colocó el primero sujetando el escudo con Edward tras él, desprotegido. De repente, el suelo bajó ellos tembló y las tablas de madera empezaron a crujir. Esmeralda se retiró en el momento justo en que el suelo se derrumbaba bajó los chicos, dejándolos a merced de las llamas rojas que crepitaban abajo. Se giró y empezó a buscar a las chicas. Entonces escuchó voces fuera y vio a los habitantes del pueblo ante su casa, intentando entrar. “Su presencia no me detendrá” dijo para sus adentros la mujer.
Los habitantes de Kilmore Cove habían rodeado el perímetro de la casa intentado encontrar una ventana o puerta abiertas, pero todo estaba bajo llave. Entonces habían decidido volver ante la puerta principal. Habían derrumbado una estatua y en esos momentos la usaban de arriete para derrumbar el portón de entrada de la mansión. La cabeza de la estatua de mármol se partió, pero los hombres del pueblo no pararon en su empeño. Por fin, la puerta empezó a crujir y se derribó hacia dentro. Cuando pudieron acercarse, lo primero que vieron fue el cuerpo de Gustavo, el mayordomo, con la lámpara de cristal del vestíbulo encima y con un enorme tajo en el pecho. Las mujeres gritaron al pensar en lo que podría haberles pasado a los jóvenes allí atrapados. Los esfuerzos que habían gastado en derribar la puerta no les iban a servir para nada: el vestíbulo estaba siendo consumido por las llamas. De repente los ventanales laterales reventaron y una lluvia de diamantes afilados cayó sobre los habitantes de la bahía. Debían sacar de inmediato a los chicos de aquel infierno.
Rosalie y Elisabeth estaban cogidas de las manos y acurrucadas en un rincón del dormitorio. Habían escuchado el derrumbamiento del suelo y después unos golpes que provenían de fuera (los habitantes de Kilmore Cove) que las habían asustado aún más. Hacía rato que sólo oían crujir a la casa y habían empezado a relajarse. De repente, el pomo de su puerta empezó a moverse y ellas a temblar. Alguien intentaba entrar, pero  no contaba con el cerrojo y la cómoda.
-¿Chicos?
-Hola Rosalie- dijo Esmeralda desde fuera.
Las chicas gritaron y la mujer rió. Las tenía atrapadas. Empezó a asestar hachazos a la puerta del dormitorio mientras las chicas se desgañitaban pidiendo ayuda. Poco a poco la madera cedió y pudo asomar la cabeza por el hueco que había hecho. Vio a las chicas y ellas la vieron a ella, por lo que chillaron aún más. Siguió asestando golpes hasta crear un hueco suficiente como para meter el brazo. Descorrió el cerrojo de la puerta.
-Un obstáculo menos- dijo.
Las chicas estaban fuera de sí, abrazadas y tiradas en el suelo. Rosalie vio como su madre empezaba a hacer astillas la cómoda y supo que nada la detendría.
-¿Sabéis donde están vuestros amigos?- ellas negaron de lo asustadas que estaban- Tranquilas, yo os lo diré. Ahora mismo se estarán pudriendo en el fondo del infierno, ¿sabéis porque?- las chicas empezaron a llorar al oír la suerte de sus respectivos novios- Porque el suelo se derrumbó bajó ellos y el fuego los habrá calcinado. ¿No es genial? Así me ahorro el matarlos también a ellos. Pero tranquilas, vosotras no os vais a salvar- dicho esto empezó a asestar golpes tan fuerte que con apenas dos había ya partido la superficie de madera de la cómoda.
Rosalie se intentó calmar y poco a poco se levantó. Cogió a Elisabeth y tiró de ella para que se levantara. La chica la obedeció y se quedaron mirando a la mujer, que las preguntó:
-¿Dónde os creéis que vais?
Ellas la ignoraron y se encaminaron al balcón y en él se quedaron. Rosalie dijo:
-Saltemos.
-Moriremos igual. El tejado de la terraza es frágil, se rasgará. Y además, la caída es enorme.
-¿Es que prefieres esto?- dijo Rosalie señalando hacia atrás.
-No.
Las dos se cogieron de las manos y se subieron al borde de mármol. De repente notaron que tiraban de ellas hacia atrás y pensaron que iban a morir. En vez de eso, notaron como se elevaban t de repente bajó ellas quedó el balcón con Esmeralda Ridgway blandiendo el hacha. La mujer gritaba de rabia. Se metió de nuevo en la casa y ellas aterrizaron en el alféizar de una ventana.
-¿Estáis bien?- las preguntó una voz.
Ellas se volvieron y vieron a Edward y Daniel con expresión preocupada. Se miraran y se lanzaron a sus brazos. Ellos las correspondieron hasta que Rosalie dijo.
-¿Qué os ha pasado?
-Veréis, Esmeralda nos arrinconó y el suelo se nos vino abajo. Por fortuna, el trozo derrumbado estaba al lado de una lámpara, por lo que nos quedamos colgados de ella hasta que Esmeralda se fue. Después pudimos volver a subir. Comenzamos a andar y la vimos dando hachazos a la puerta del dormitorio donde estabais. Buscamos unas escaleras y subimos. Acto Seguido buscamos la habitación que estaba justo encima vuestra y, con unas sábanas y unos hierrajos- dijo señalando lo que las chicas llevaban enganchado en sus camisas- creamos esta “grúa”. Además, todo el pueblo ha venido a salvarnos.
-¡Sois geniales!
-Esa es la parte buena. La mala es que la parte oeste de la casa está ardiendo y pronto el fuego llegará hasta donde nos encontramos. Debemos movernos rápido y buscando con la mayor rapidez un modo de llegar a la torre.
-Entonces por aquí- indicó Rosalie. La siguieron en silencio, intentando respirar la menor cantidad de humo. Llegaron a una pequeña escalerita de caracol y subieron por ella. Llegaron a un rellano en el que había un sofá y otra escalera de caracol.
-Ayudadme- dijo Daniel.
Los cuatro arrastraron el sofá hasta la boca de la escalera por la que acababan de subir y lo encajaron lo máximo que pudieron. Después subieron por la otra hasta llegar a la sala más alta de la torre, que estaba dos niveles más arriba. El esos dos niveles habían realizado la misma operación con los muebles que habían ido encontrando: una mesa y otro sofá. Ya en la sala más alta, empezaron a escuchar los golpes que producía el hacha de Esmeralda contra el primero de los sillones. Tenían tiempo de sobra para escapar. Abrieron una ventana y se asomaron. Vieron a los sus vecinos y empezaron a gritar:
-¡Aquí!
-¡Hola!
-¡Estamos aquí!
-¡Ayuda!
La gente les vio y llamaron a los padres de los tres de Kilmore Cove y a la abuela de Rosalie. Ellos los saludaron. De pronto, oyeron a Esmeralda partiendo la mesa. Debían irse ya.
Edward fue el primero en descolgarse por la ventana, seguido de Daniel, Elisabeth y Rosalie. Los cuatro llegaron a la parte superior del tejado y desde allí empezaron a moverse lejos de la torre. Llegaron a una chimenea y allí se quedaron apoyados mientras que los aldeanos iban en busca de una escalera de metal. De pronto, Esmeralda Ridgway apareció por la ventana con el hacha. Salió de un salto toda ensangrentada y comenzó a acercarse a los chicos. Ellos se pusieron en pie y huyeron lo más rápido que pudieron por el tejado. Edward iba el último del grupo. Miró adelante y vio que el camino se acababa. Entonces Esmeralda llegaría y los mataría a cada uno de ellos. Se dio la vuelta y caminó hacia Esmeralda, arrancando la veleta del tejado para defenderse. La gente y sus amigos le decían que se diera la vuelta. Él los ignoraba. Cuando se encontraron, se miraron fijamente. Entonces Esmeralda atacó y Edward aguantó la caída del hacha con la veleta. Repelió el golpe y se puso recto. Ella se encorvó por el rechazó pero no se cayó. Le volvió a atacar, esta vez desde abajo. Edward pudo esquivarlo, pero el filo del hacha le arañó el brazo, haciéndole una enorme herida por la pronto empezó a manar sangre. El chico se encorvó. Esmeralda vio su triunfo y levantó el hacha por encima de su cabeza para asestar el golpe final al chico. De pronto, Edward a largó el brazo y la clavó en el estómago el pico de la veleta. Esmeralda gritó de dolor y soltó el arma, que cogió Edward al vuelo. La mujer se encogió de dolor pero aún pudo levantar la cabeza y sonreír burlona:
-Mátame si eres hombre- y se rió.
Edward la miró y supo lo que debía hacer. La asestó un golpe en el lateral del abdomen con el culo del hacha y la mujer comenzó a caer del tajado por la parte contraria a la de los habitantes del pueblo. Chilló e intentó agarrase a las tejas, pero esta se rompían. Cuando los habitantes de Kilmore Cove llegaron al lado trasero de la mansión hallaron el cuerpo inerte de Esmeralda Ridgway. Todos respiraron tranquilos. Parte de la pesadilla había acabado ya. Todavía quedaba apagar el incendio de la casa y rescatar a los niños. Edward se reunió con sus amigos al final del tejado, que lo recibieron con vítores y aplausos.
Al final llevaron una escalera por la que los adolescentes pudieron al fina bajar al suelo y abrazar a sus familias. Edward soltó el hacha al lado del cadáver de Esmeralda y se acercó a la gente que había ido a salvarlos.
Un dedo se movió.
Todos reían y se organizaban para traer agua.
El brazo se movió y la agarró.
Nadie prestaba atención al cuerpo que a unos metros descansaba en el suelo.
El cuerpo se levantó despacio y a gatas.
Edward quedaba en un lateral del grupo.
Y todo ocurrió muy rápido. Esmeralda levantó el hacha para descargar el golpe sobre la cabeza de Edward. Éste se giró y se quedó paralizado. Iba a morir. La gente se quedó de piedra y no pudo moverse. De pronto la torre que Bellatrix había mandado construir crujió y se partió, con lenguas de fuego saliendo por donde quier. Esmeralda chilló pero no soltó el hacha, dispuesta a perder ganado. Bajó el arma con fuerza en el momento que la torre se le venía encima. Edward gimió y se derrumbó. Daniel tiró de él para apartarlo del infierno de llamas bajo el que se oían los gritos de Esmeralda Ridgway, que pronto se apagaron. Las gentes se echaron en masa hacia el chico herido. Él estaba inconsciente. Notó como lo izaban y se lo llevaban, montándolo en un vehículo.
Rosalie se quedó junto a su abuela incapaz de moverse. El chico al que amaba iba a morir. Seguro. No pudo reprimir el impulso de llorar y, acompañada de su abuela, se marcharon a casa de la anciana mientras el resto del pueblo apagaba el incendio de la mansión. Pronto solamente quedó un armazón negro. Justo en el centro de los destrozos brillaba una esmeralda. Elisabeth la recogió y la apretó. Se imaginó a Bellatrix Ridgway, hecha espíritu, ayudándoles a sobrevivir y al final tirando al torre encima de su hermana. Una pequeña venganza personal. Elisabeth murmuró un inaudible “Gracias Bella” y después se acercó al borde del acantilado. Desde allí el viento la alborotaba el cabello y la hacía cosquillas en el cuello. Alargó la mano y la abrió, dejando que la gema verde brillante cayera. La escuchó golpetear contra la roca. Después tan sólo el romper de las olas contra el acantilado ahogó el sonido de la esmeralda al caer dentro del agua marina. Notó el brazo de Daniel sobre sus hombros. Le miró y le sonrió. Ahora debían ir al hospital con Rosalie. Alguien los necesitaba.

Capítulo Séptimo: Asalto a Ridgway Hall

Capítulo Séptimo
Asalto a Ridgway Hall

En Kilmore Cove  el cielo se oscureció de pronto. “Un nubarrón” pensó la madre Edward. Estaba sentada en la azotea de la casa, leyendo un libro de su hijo. “El Resplandor” de Stephen King. El padre, Jack Torrance, del pequeño niño protagonista, Danny, planeaba matarlo a base de golpes con un mazo de roqué, un extraño deporte ahora extinguido. Recordaba haber visto la película. En ella, al contrario que en el libro, el padre intentaba asesinar a su esposa Wendy y a su hijo con un hacha, muriendo congelado en las profundidades de un laberinto. Se asustó al llegar a la parte en que el padre acorralaba la niño al final de un pasillo. Pensó que se acabarían allí los días del niño, pero los acontecimientos tomaron un giro inesperado. Levantó la vista del libro y miró la hora. Edward estaba en Ridgway Hall con sus amigos, por lo que bajó a preparar la merienda, un bocadillo de Nocilla, a su hijo pequeño. Tomás se encontraba construyendo una maqueta que recreaba una ciudad griega, Atenas.
-Voy a prepararte la merienda, Tommy. ¿Quieres algo en especial?
-No, gracias mamá. Nocilla como siempre- le dijo Tomás mirándola sonriente. Llevaba la maqueta muy avanzada y ya se podía apreciar el lugar que ocupaban el Partenón y el ágora de la ciudad. La mujer se acercó a su hijo y le besó en la cabeza, alborotándole el cabello. Después se fue a la cocina. Desde su posición podía ver la plaza del pueblo y el acantilado de Mermaid Cale. De repente, vio salir a varios vecino de sus casa, todos mirando al acantilado. Dejó el cuchillo con el que estaba untando la Nocilla en una rebanada de pan y cogió su abrigo. Después avisó a gritos a Tomás que iba a salir un segundo y el niño la contestó que muy bien. Salió y se acercó a sus vecinos. Entonces los escuchó.
Las madres de Daniel y Elisabeth estaban en el mercado del Kilmore Cove comprando cuando se vieron. Se saludaron y siguieron haciendo la compra juntas.
-¿Te lo ha dicho Daniel?
-No, ¿el qué?
-Pues es que resulta que ayer tu hijo besó a Elisabeth. Ella volvió a casa más contenta que unas pascuas.
-¿En serio?
-A lo mejor te lo dice hoy. ¿No han subido a Ridgway Hall juntos? Ya verás, hoy se nos presentan como pareja. ¡Ay, que emoción!
-Pues tienes razón. Dentro de poco, nos veo peleándonos por los nietos.
Las mujeres se rieron de la predicción hecha por la madre de Daniel y después siguieron comentando noticias locales, como la de el reciente accidente de la Señora Ridgway. Las extrañaba mucho que perdiera el control, ya que la bajada del acantilado era muy fácil, es más demasiado fácil. Era imposible perder el control del vehículo y acabar en la playa sino se hacía aposta. Ante esta sugerencia las mujeres se quedaron asustadas. Una mujer así podía hacer cualquier cosa. Salieron del mercado y quedaron para ir después de dejar la compra en casa a buscar a la madre de Edward para irse las tres a tomar algo. Cuando a los 10 minutos se reunieron se encontraron a medio pueblo en la plaza. Entre ellos estaba la madre de Edward. Se acercaron a ella y la preguntaron:
-¿Qué ocurre?
-Escuchad- les dijo.
Entonces los escucharon. Claros y firmes. Chillidos y gritos de angustia que provenían del acantilado. De su cumbre. De Ridgway Hall. Fue entonces cuando los habitantes de Kilmore Cove vieron la columna de humo que salía de la pared frontal de la casa. Algo pasaba en la mansión de Mermaid Cale. Las madres de los tres adolescentes que estaban atrapados en la casa chillaron y empezaron a correr hacia el acantilado. Los demás habitantes del pueblo las siguieron en la escalada por el acantilado, algunos armados con palas, picos y rifles. Al final llegaron a la cumbre y vieron la verja de hierro. La abrieron y entraron en la finca Ridgway.

Capítulo Sexto: A vida o muerte

Capítulo Sexto
A vida o muerte

La mujer sonreía socarronamente, con un brillo diabólico en los desorbitados ojos. Lucía un vestido corto y de color blanco, todo manchado de sangre, como si Gustavo se hubiese intentado defender pero en vano. El pelo lo llevaba todo despeinado y la cara, maquillada con diminutas gotas de color carmesí. El hacha, de madera y con una hoja de acero afilado al extremo, colgaba de su mano derecha flácido y goteando sangre.
Los chicos se quedaron paralizados alrededor del inerte cuerpo de Gustavo. Ante la visión de la mujer que quería matarlos se echaron hacia atrás de manera instintiva hasta tocar la pared del vestíbulo, que de pronto no les parecía nada acogedor. Edward pudo tragar saliva y gritar:
-¡Qué pretende!
-¿No es evidente?- le contestó la mujer con voz dulce- Habéis descubierto mi mayor secreto, la vergüenza de esta familia.
-Si te estás refiriendo a mi hermano Simon, más te vale que te calles mamá- explotó Rosalie.
-¿Quieres que te cuente toda la verdad? Resulta que tu padre y tuvimos un hijo antes que tú. Antes de que naciera ya nos lo imaginábamos hermoso e inteligente. Le pusimos nombre en cuanto supimos que éramos padres. Toda la familia le esperaba, impaciente: tu tía, tus abuelos,  tu padre y yo. El día del parto todos fueron al hospital. Estuve apenas 3 horas hasta que nació. Cuando lo vi, lo abracé emocionada. Poco después lo metieron en una incubadora para comprobar que no tenía nada- Esmeralda se iba poco a poco acercando a la pared de la izquierda, mientras los chicos seguían contra la pared- Una semana después del parto me dijeron que estaba mal. Enseguida hablé con los familiares y decidimos darlo en adopción- Rosalie puso cara de espanto- No te sorprenda querida, eso ha pasado muchas veces a lo largo de la historia de nuestra familia. Lo malo se desecha y se coge lo bueno. Lo malo de todo esto fue que, durante la época de mi embarazo, unos artistas pintaron el fresco de la biblioteca, así que cuando Simon nació, clausuramos la sala y por si acaso tapamos el fresco del techo, en el que ya figuraba tu nombre. Tu tía nunca aprobó la adopción del pequeño, así que decidió aprovecharse de la situación u chantajear a tu padre y a mí con contarlo a todos lo periódicos del país, cosa que no podíamos permitir. Así estuvimos hasta la fiesta de mi cumpleaños- de repente sacó de su bolsillo una esmeralda.
-Donde la mataste- dijo Rosalie, mirando la piedra- El día después de tu cumpleaños tu habitación estaba desordenada. Intentaste esconder las esmeralda del collar de la tía en el revoltijo, pero yo las vi, sin darles importancia. Las del collar. El collar que la tía llevaba el día de la fiesta.
-En efecto. Estaba harta de su chantaje, así que fui hasta la cocina, cerré la puerta, me descalcé y me acerqué hasta ella por detrás sin hacer ruido. Se giró lo justo para verme y que yo sin querer la rompiera el collar. Pero la cosa se complicó cuando me enteré de que habíais entrado en la biblioteca. Para que no sospecharais, no os dije nada, pero intenté matar a Rosalie invitándola a ir conmigo a la ciudad. Observé que estaba mirando a alguien por la ventana. A ti, Edward. Te estabas bañando en la playa. Como me dijo que no, decidí “aguarla la fiesta” y acabé en la playa, fingiendo haber perdido el control, aunque mi intención hubiese sido acabar con ese muchacho- dijo señalando a Edward.
-Sois un monstruo- dijo Elisabeth.
-¿Y qué más da, querida? Nadie sabrá nunca el mayor secreto de la familia Ridgway, porque vosotros no vais a decir nada.
-¿Perdone?
-Con que mires el objeto que porto en la mano lo entenderás- dijo Esmeralda moviendo el hacha.
Elisabeth empezó a temblar y corrió hacia el portón de entrada. Los demás la imitaron Y Esmeralda no movió un músculo. La puerta estaba cerrada. Y la llave partida. No había escapatoria alguna. La mujer comenzó a reírse y los cuatro se giraron.
-¡Morid!- gritó Esmeralda Ridgway. De repente extendió su brazo izquierdo y de un golpe partió una cadena de acero que se unía al techo. Edward miró hacia arriba y la araña de cristal se tambaleó. Él gritó:
-¡¡CORRED!!
Todos corrieron hacia la cocina en el justo momento en que la lámpara caía con estrépito al suelo encima de Gustavo y se partía en múltiples pedazos. Las esquirlas de cristal brotaron de todas partes y dañaron los brazos de los chicos, que corrían. Las velas cayeron por el suelo y se apagaron, todas menos una que rodó hacia la pared y prendió una cortina. Esmeralda corrió tras los chicos. Ellos se encerraron en la cocina e intentaron abrir la puerta trasera. De pronto un golpe los hizo darse la puerta. Esmeralda intentaba abrirse paso hacia la cocina a  base de hachazos. Las chicas chillaron e intentaron abrir con mayor urgencia la puerta, pero esta no cedió. Entonces Rosalie les indicó con el dedo otra puerta que se les había pasado desapercibida. Corrieron hacia ella y la abrieron de un golpe. Estaban en el pasillo que daba a los aposentos de los criados. Corrieron por el pasillo y volvieron a cerrar la puerta tras ellos, atrancándola con una silla, a pasar de que no resistiría. Elisabeth se derrumbó sollozando y Daniel la obligó a levantarse tirándole del brazo. Cuando al final pudo calmarse, escucharon un golpe en la puerta por la que acababan de pasar. Esmeralda Ridgway había entrado en la cocina e intentaba derribar la segunda puerta. Los cuatro chicos corrieron hasta el final del pasillo con Rosalie a la cabeza. Allí giraron a la derecha y se encontraron en el comedor.
-Tu casa es un maldito laberinto, Rosalie- dijo Daniel.
-Entonces, aprovechémosla para escondernos- sugirió Edward.
Rosalie salió del comedor y cerró la puerta también, pero esta era de cristal, por lo que el demonio que los perseguía tardaría 2 segundos en derribarla. Siguieron corriendo y llegaron al vestíbulo, en donde el incendio se había extendido por toda la pared de la puerta de entrada, abrasando un tapiz que colgaba encima de la puerta. Rosalie condujo a sus amigos a la primera planta de la casa y los llevó a través de los pasillos. De repente escucharon cristales partiéndose. Esmeralda había salido del comedor. Rosalie los llevó con mayor urgencia a través de la laberíntica mansión y acabaron en un dormitorio. Rosalie los mandó entrar y cerró la puerta. Después los llevó al balcón. Desde allí podían saltar al tejado de la terraza exterior y después al suelo. A continuación podrían escapar del infierno de la casa. Pero, de pronto, Edward dijo:
-Separémonos.
-¡NO!- gritó Elisabeth, aterrada ante la idea de quedarse sola.
-Me refiero a que vosotras os escondáis y Daniel y yo intentemos plantar cara a tu madre, Rosalie.
-Sigue siendo una locura.
-Pero alguien sobreviviría- dicho esto se acercó a Rosalie y la besó. Daniel hizo lo propio con Elisabeth y después se encaminaron a la puerta de la habitación. Se giraron y sonrieron a las chicas. Después salieron.
Ellas se acercaron y atrancaron la puerta con una cómoda. Así se sentían más seguras en aquella casa.
Fuera del dormitorio, Edward y Daniel empezaron a caminar. Escuchaban a Esmeralda caminar. De repente, Edward vislumbró en la sombra varias armaduras. Se le iluminó el rostro. Se acercó a una y, con el mayor sigilo posible, la quitó la espada y el escudo. Daniel le imitó y cogió una lanza y otro escudo de la una armadura cercana a la de Edward. Cuando se miraron, se sintieron como caballeros medievales que iban a salvar a sus damiselas. Entonces lo olieron en donde se encontraban. El humo. El incendio debía de estar consumiendo el vestíbulo. Ya no podrían bajar. Tan sólo subir y esconderse. “A menos que encontremos un pasadizo o nos tiremos por una ventana” pensó Edward. Después perecerían todos. O degollados y calcinados. De una forma u otra, acabarían todos muertos en aquella maldita casa. De pronto, escucharon respirar a Esmeralda. Se escondieron tras una columna, a la espera de poder acabar con la criatura sedienta de sangre que les perseguía. Vislumbraron la sombra de la mujer. Entonces Edward se dio cuenta de que las armas que portaban él y su amigo no eran de hierro, sino de acero, ya que las empezó a notar demasiado ligeras. Vio el peligro que suponían. No resistirían más de dos golpes antes de romperse, dejándoles a merced del hacha de Esmeralda Ridgway.

Capítulo Quinto: Sospechas

Capítulo Quinto

Sospechas


Rosalie no conseguía apartar la mirada del fresco del techo. Simon. Ella. Hermanos. Rosalie Ridgway tenía un hermano. Un hermano mayor. ¿Cómo se lo podían haber ocultado? ¿Con qué había estado su tía chantajeando a sus padres? ¿Con decírselo a ella, a Rosalie? De repente sintió odio hacia sus padres y carió hacia su tía muerta. Pero se desvanecieron rápidamente. Nadie tenía derecho a amargar la existencia a nadie. Siempre odió a su tía y siempre la odiaría. Pero, ¿un hermano? ¿Cómo era posible?
Edward empezaba a sentir antipatía hacia los padres de Rosalie. ¿Quién, en su sano juicio, era capaz de ocultar la existencia de un hermano? Se preguntaba como se sentiría él al descubrir que, de pronto, tenía un hermano como lo era Tommy. Intentó quitarse ese pensamiento de la cabeza. Aunque Tommy era un incordio, Edward lo quería muchísimo.
Daniel “flipaba” con el descubrimiento. Desde luego, Ridgway Hall cada vez le gustaba más. Con sus historias y sus grandes salones. No conseguía saber que pensaba Rosalie en ese momento. Se notaba como algo que sobraba en ese entorno de Riqueza y lujo. Un extraño en una casa que escondía más de un secreto. Dejó vagar su imaginación, inventándose las historias que allí podrían haber ocurrido…
Elisabeth se acercó a Rosalie y la abrazó por los hombros. Miraba la expresión de la joven y solamente veía sorpresa y decepción. “Y quién no estaría decepcionado, cuando te acabas de enterar de que tus padres llevan toda la vida engañándote y que tienes un hermano secreto de cuya existencia no sabía nada”. No sabía como actuar. Que decir a Rosalie para que apartara la mirada de ese maldito fresco. Lo cierto era que era bastante hermoso. Los nombres de los familiares estaban dentro de pequeñas nubes blancas y mullidas que flotaban en un mar de cielo. Unos ángeles y querubines volaban entre ellas, riendo y jugando al pilla-pilla. Eran muy hermosos. Una hermosura que quedaba tapada por el oscuro secreto que guardaban sus diminutas alas.
Los cuatro chicos estuvieron unos segundos más mirando el fresco hasta que, de repente, Rosalie estalló en sollozo. Se acercó al sofá de la habitación y se sentó en él, con Elisabeth a un lado y Edward al otro. Daniel se mantenía de pie, ante ellos, apoyado el la mesa de caoba con los brazos cruzados.
-Vámonos de aquí- dijo.
Ninguno se opuso y Elisabeth se levantó extendiendo la mano hacia Rosalie. Ella se la cogió y, ayudada por Edward, se levantó y se marcharon los cuatro fuera de la sala. Edward pidió la llave a Rosalie y cerró la puerta tras de él. Después se la devolvió. Ella se la guardó pero lo pensó mejor y la dejó en una consola cercana para que alguien la viera y la cogiera.
Bajaron la escalinata y Rosalie les pidió que se marcharan, que necesitaba tiempo para pensar. Edward la ofreció quedarse, pero Rosalie le dijo que prefería estar sola, por lo que la besó y salió, seguido de Daniel y Elisabeth, que aconsejó a Rosalie que la llamara si necesitaba algo. Rosalie cerró la puerta y subió a su cuarto. Cuando doblaba la esquina, vio como una sombra se alejaba y desaparecía por la esquina. Se sintió indefensa y corrió a su cuarto, donde se encerró. Como medida de seguridad, empujó su cómoda y la colocó bloqueando la puerta. Después suspiró y cayó al suelo sentada. Comenzó a llorar de nuevo.

Al día siguiente, los periódicos de todo el país se despacharon a gusto con la historia del asesinato de Bellatrix Ridgway, la hermana de la millonaria señora Ridgway.

“Asesinato en la Mansión Ridgway”

“Ayer se informó a la redacción de nuestro periódica que, en el tranquilo pueblo de Kilmore Cove, se había cometido un asesinato a sangre fría que se había llevado la vida de Bellatrix Ridgway, la hermana de la archimillonaria Esmeralda Ridgway, esposa del conde Miguel de Monte-Carlo. La mujer fue hallada bajo el acantilado de Mermaid Cale, totalmente desangrada y atravesada en una roca. Tenía un golpe en la cabeza y la pierna derecha rota. La mujer no presentaba signos de maltrato alguno, aunque si se puede asegurar que no fue una caída accidental desde el acantilado, ya que el borde de su cumbre se halla rodeado por una valla de mármol y la mujer cayó de espaldas, sin duda intentando defenderse. Se sabe que la noche en que la fallecida fue asesinada se estaba en la casa celebrando un festejo, una fiesta de cumpleaños en concreto, de la señora Ridgway, que cumplía treinta y ocho años. La policía cree que alguno de los invitados a la fiesta fue el asesino, aunque tienes una pequeña complicación: a la fiesta asistieron todos los habitantes del pueblo anteriormente citado, Kilmore Cove. Las investigaciones todavía no tienen una base clara por la que empezara buscar. Lo que si está claro, es que en la Mansión Ridgway ocurrió algo hace dos días que cambió por completo la historia de esa familia.”

Edward terminó de leer el artículo del periódico y lo arrojó al suelo. Sabía lo que pasaría ahora. Todo el pueblo debería ir a testificar por la muerte de una que merecía morir y después la prensa acribillaría a Rosalie y su madre con preguntas. Seguro que alguien había oído hablar al comisario del asunto y había ido a decírselo al periódico más cercano y después a otro y otro para sacar tajada de la jugada. Subió a su cuarto y se vistió con unos pantalones cortos y una camiseta roja sin mangas, se puso sus deportivas y dijo a su madre que se iba a correr un poco por el paseo marítimo. Ella le dejó y Edward salió de su casa. Fue haciendo footing hasta la playa y allí empezó a correr. El viento le azotaba en la cara y le revolvía le pelo, ondulándoselo. Él no hacía caso de ese pequeño contratiempo y seguía corriendo. Pasada una hora se paró y vio donde estaba. A su derecha quedaba el pueblo, a su izquierda Mermaid Cale y más playa por recorrer. Miró hacia la casa. Bajó la mirada y decidió darse un baño. Se descalzó y se quitó la camiseta. Después se zambulló en el agua fría del mar. Nadó hasta el límite permitido y allí se quedó flotando, pensando en lo que le había ocurrido en apenas 48 horas. Se asustó al pensar de nuevo en el cadáver de la tía de Rosalie y decidió centrar sus pensamientos en su novia.
La veía sonriente, con el pelo recogido y con un simple vestido blanco.
Buceó un poco para ver la fauna y flora marina.
Él llevaba unos pantalones beige y una camisa blanca
Poco a poco empezó a nadar hacia tierra para tumbarse en la arena.
Se imaginaba a Rosalie esperándole en la otra punta de la playa.
Ya le faltaba poco para alcanzar la orilla.
Él corría para cogerla en brazos.
Aceleró un poco.
Ella reía y le urgía a que se acercase.
Ya tocaba el fondo con los pies.
La tenía casi en sus brazos.
Salió del agua empapado.
Rosalie gritó.
Al principio no le dio importancia. Pensó que era producto de su imaginación.
Pero volvió a oír un chillido.
Se dio la vuelta y vio Esmeralda Ridgway sentada al volante de un coche de marca Aston Martin que bajaba a toda velocidad por la cuesta del acantilado. Giró bruscamente el volante y acabó conduciendo y derrapando hacia Edward. Le gritó “¡Aparta!” e intentó frenar, pero no pudo. El coche se salió del camino y saltó. Iba a caer sobre la playa. Justo encima de Edward. Él se apartó de un salto en el momento justo. El coche cayó en el sitio en que había estado apenas una segundo antes el adolescente. Edward se levantó rápidamente y fue a socorrer a la madre de su novia. Intentó abrir la puerta pero estaba atrancada. Esmeralda estaba inconsciente, con un feo golpe en la cabeza que le sangraba un poco. Edward intentó abrir la puerta del copiloto, que cedió ante su fuerza. La abrió y agarró del brazo a la señora Ridgway. Tiró de ella y poco a poco la fue sacando del automóvil. De repente notó algo húmedo en el pie. Bajó la vista y vio gasolina. Tragó saliva y tiró con más fuerza si cabía del brazo de la mujer. Al final tuvo el cuerpo fuera y pudo cogerlo en brazos y echar a correr. Unos segundos después el coche explotó. “Menudo desperdicio de automóvil” pensó Edward. Después dejó a la señora Ridgway en la arena y fue a por sus deportivas. Afortunadamente, seguían en buen estado. La explosión no las había alcanzado. Volvió junto a la mujer, que se había sentado en la arena y miraba el que unos segundos antes era su coche, ahora pasto de las llamas. Edward la preguntó:
-¿Está bien señora Ridgway?
-Si creo. Por favor, llámame Esmeralda- después le miró mejor y le dijo- ¿No eres tú Edward, el novio de Rosalie?
-Así es.
-Gracias por todo.
-No hay de que. ¿Qué la ocurrió?
-Pues que…perdí el control.
-Ah- “Menuda trola me ha intentado meter. Esta se quería suicidar” pensó Edward.
De repente, otro coche bajó por la rampa del acantilado y se paró ante ellos. De él bajaron Rosalie y Adrián, el chofer, listos para ayudarles a subir a Ridgway Hall.

Rosalie había pasado todo el día en su cuarto, sin hacer nada, dejando pasar el tiempo en horas muertas y bajando tan sólo a comer. Después había vuelto a su cuarto. Se había quedado mirando la ventana. De repente, había visto a Edward correr por la playa y meterse en el agua. Después había oído a su madre que se iba y que volvería tarde. Ella apenas le contestó un “vale”, concentrada como estaba en asuntas más importantes. Esmeralda la ofreció acompañarla. Rosalie rechazó la invitación. Esmeralda volvió a insistir tres veces más, y ella no cambió de opinión, por lo que su madre se marchó enfadada. Escuchó un coche salir pitando y después silencio. De repente, había visto como Edward saltaba a un lado y el coche de su madre caía a la playa. Había corrido a por Adrián y le había contado lo sucedido. El chofer no dudó un momento en elegir el coche: un Volvo que era rápido como un rayo y que los llevó cuesta abajo en un santiamén. Tras subir a la pareja y a la mujer a la casa, Adrián llamó a la grúa de la ciudad más cercana para que retiraran el coche de la playa.
Ahora estaban en el salón de té ella y Edward, al que había prestado una toalla. Adrián conversaba con ellos. El médico entró y les dijo que Esmeralda sólo tenía un golpe. Todos se relajaron y el doctor se despidió. El chofer se marchó también y ofreció a Edward la oportunidad de que le llevara a casa. Él aceptó y besó a Rosalie antes de irse, además de devolverla la toalla. Ella le dijo que mañana quedaran a las 6 allí para volver a “allí”. Él lo captó enseguida y dijo que llamaría Elisabeth y Daniel. La bajada fue rápida y en apenas 5 minutos Edward se encontró en casa. Se despidió de Adrián y entró. Su madre le dijo que habían encontrado un coche de los Ridgway en la playa. Él se mostró sorprendido y su madre le dijo que Esmeralda había perdido el control del vehículo. Él se excusó con la cantinela “me tengo que duchar” y se fue. Subió a su cuarto y cogió una muda para cambiarse. Se metió en el cuarto de baño y cerró en la puerta. La ducha le ayudaría a pensar en lo que esa tarde había ocurrido.
Al día siguiente comentó lo ocurrido con Daniel y Elisabeth y les dijo lo referente a la cita de esa tarde. Las horas pasaron muy rápido y pronto los tres se encontraron ante Ridgway Hall de nuevo. La tarde era oscura, sin sol y plagada de nubarrones. Parecía que de pronto había anochecido. Rosalie les abrió la puerta y les dejó pasar. Había vuelto a sisar la llave de la biblioteca y allí fueron los cuatro. Se encerraron y debatieron sobre las causas de los sucesos de la tarde anterior durante 1 hora.
-Tu madre se quería suicidar, estoy seguro.
-¿Entonces, cuando me pidió que fuera con ella…?
-Yo creo que sí.
-Se le ha ido la chaveta.
-Dios mío.
-Debemos ir a buscar respuestas.
-Y además ahora mismo.
Los cuatro salieron de la biblioteca y la volvieron a cerrar. De repente escucharon un gemido lastimero. Se paralizaron y recorrieron el pasillo a paso lento y sin hacer ruido. Poco a poco vislumbraron la escalinata. El extremo opuesto estaba envuelto en sombras. A continuación se asomaron al vestíbulo. Allí yacía Gustavo, el mayordomo, vestido con un chaquetón y con un tajo en medio del pecho, que sangraba abundantemente. Todos bajaron corriendo y se arrodillaron ante él. Una sombra que estaba en el lado opuesto de la escalinata al que habían estado ellos un segundo antes, cambió de lugar y corrió al otro extremo. Los chicos ni se percataron. Chillaban pidiendo ayuda, pero nadie acudía.
-¡Mierda! Hoy el servicio tiene el día libre. Justo hoy…El pobre Gustavo iba a irse ahora mismo seguro- dijo Rosalie.
De repente escucharon un ruido escaleras arriba y todos, sobresaltados, se levantaron.
En la parte superior de la escalinata estaba Esmeralda Ridgway, en cuya mano brillaba un hacha ensangrentada.

Capítulo Cuarto: Un secreto desvelado

Capítulo Cuarto
Un secreto desvelado

Rosalie se volvió a sus amigos antes de entrar. Edward asintió, Daniel la miró expectante y Elisabeth la agarró por el hombro. La joven empujó la puerta y un poco de luz entró en la habitación. Rosalie buscó el interruptor de la luz y lo accionó. La lámpara del techo se encendió poco a poco, iluminando toda la sala. Los demás terminaron de abrir la puerta y abrieron se quedaron mudos del asombro, al igual que Rosalie.
La sala era una biblioteca.
Tenía las cortinas corridas, por lo que Edward se adelantó para abrirlas. La luz exterior inundó la sala, que se encontraba en un estado deplorable. El suelo se hallaba cubierto por una capa de polvo bastante gruesa, que le daba un aspecto de felpudo a la alfombra persa que dominaba la estancia. En las estanterías se amontonaban las telas de araña, al igual que el la lámpara y las esquinas del techo. El techo. La parte superior de la habitación se hallaba cubierta por una sábana que en su época fue blanca, ahora gris. Eso extrañó a Edward, pero le quitó importancia. Los cuatro adolescentes se pasearon por la estancia, que les recordaba a una cápsula del tiempo ahora abierta.
Elisabeth fue la primera en acercarse a las estanterías. Cogió un volumen al azar y sopló para que el polvo que en la cubierta estaba acumulado desapareciera y pudiese leer el título. “Drácula” de Bram Stoker. Lo dejó en su sitio y a continuación limpió la placa de bronce que estaba en la parte frontal de la balda y que servía para identificar los libros allí colocados. Ponía “Historias de terror”. Sonrió y pasó a la siguiente balda.
Daniel y Edward, por el contrario, se habían concentrado en los pergaminos que estaban sobre una mesa cuya superficie era de mármol. Parecían tener muchos años, por lo que los chicos abrían cada uno de ellos con suma delicadeza. Algunos eran páginas arrancadas de libros, otros simples textos escritos en papel, otros dibujos y también fotografías antiguas y alguna que otra reciente de hacía unos años.
Rosalie se dedicaba a limpiar las placas de bronce y a intentar buscar sentido a la prohibición de sus padres. No le parecía justo que la hubieran, durante dieciséis años, impedido el acceso a una simple biblioteca. Pero si solamente era eso, una simple biblioteca, ¿por qué había tenido que recurrir al robo de la llave y a introducirse en la sala a escondidas? Todas aquellas preguntas desconcertaban a Rosalie y la hacían pensar que, en algún lugar de esa habitación, se encontraba la respuesta que buscaba. La causa con que su asquerosa tía (ahora muerta) martirizaba y chantajeaba a sus padres. La respuesta que siempre había estado buscando.
Estuvieron indagando durante una hora, hasta que la madre de Edward le llamó al móvil para saber donde estaba. Lo mismo les ocurrió a Elisabeth y Daniel. Los tres se debían ir a comer con sus respectivas familias. Rosalie les dijo que, por favor, después de comer, volvieran. Ellos accedieron de buen grado y se fueron, menos Edward.
-¿Qué te ocurre?- le preguntó Rosalie. Él, como respuesta, la besó y se fue corriendo. Rosalie sonrió. De repente, el día no parecía tan malo.

Edward se reunió con Elisabeth y Daniel y bajó con ellos por las escaleras del acantilado.
-¿Qué, lo has hecho?- le preguntó Daniel.
-Si.
-¿Y qué te ha dicho?
-Nada, he salido corriendo.
-Menudo gallina- se carcajeó Daniel.
-¿De qué habláis?
-De que Edward ha besado a Rosalie.
-¿En serio?- dijo Elisabeth cogiendo su móvil.
-¿Qué vas a hacer?- le preguntó Edward.
-¿Tú que crees? Llamar a Rose.
Elisabeth marcó un número y esperó.
-¿Rosalie? Soy Elisabeth. ¿Te ha besado Edward? ¿De verdad? ¡Qué dices! ¿En serio?
Elisabeth se fue quedando rezagada, por lo que los chicos siguieron hacia delante sin ella, mientras la oían cotorrear y cotillear sobre si Edward besaba bien o no. Él iba serio, lo que no podía decirse de Daniel, que apenas podía hablar de la risa.

******

Pasó una hora y Rosalie ya había terminado de comer. Se encontraba en su cuarto, sentada sobra la cama, pensando en todas las revelaciones del día presente: la muerte de su tía Bellatrix, la sala secreta, el beso de Edward… Se ruborizó al pensar de nuevo en ello y se imaginó como “Bella” en la saga de “Crepúsculo”, cuando besaba a su vampiro, llamado también Edward. De repente, ese era el nombre que más le gustaba. Cogió un papel y empezó a escribirlo una y otra vez de distintas formas:

Edward       Edward        Edward           Edward    Edward

Así se la pasó el tiempo hasta que de nuevo sonó el timbre de la puerta.
Bajó corriendo las escaleras y abrió la puerta. Allí estaban sus amigos y su ángel. Totalmente colorado pero luciendo esa sonrisa que lo hacía tan seductor e irresistible. Pasaron a dentro Elisabeth y Daniel y empujaron a fuera a Rosalie, cerrando la puerta tras de ella. Daniel sentía un poco de envidia de Edward, ya que Rosalie siempre la había gustado, pero, estando ahora con Elisabeth, veía lo hermosa e inteligente que era y de pronto se olvidó de Rosalie. Dejó de sentir envidia y notó cosquillas en el estómago. Cogió de las manos a Elisabeth y ella se dejó coger. La sonrió y ella le devolvió la sonrisa. Daniel supo enseguida que ella sentía lo mismo por él. Sellaron ese momento, al igual que Edward y Rosalie, sin decir palabra alguna.
Cuando ya todos se dejaron de declaraciones de amor, volvieron a subir a la biblioteca secreta, cada pareja cogida de la mano. Rosalie la había cerrada como medida de seguridad, para que nadie se diera cuenta de que habían entrado.
Volvió a abrir y entraron en la sala. Cuando todos pasaron cerró de nuevo la puerta. La corriente de aire que generó al hacerlo subió hasta el techo y movió la sábana, dejando durante un segundo un nombre a la vista: Rosalie.
Edward avisó a los demás de lo que había visto y se acercó a la estantería del fondo, donde había una escalera. La cogió y la apoyó en la pared. Pidió a sus amigos que la sujetaran para que el pudiera subir. Ellos se aproximaron y la cogieron con firmeza mientras él escalaba. Llegó hasta arriba y desenganchó una esquina de la sábana. Acto seguido tiró del resto y la tela cayó al suelo levantando una nube de polvo. Cuando el polvo descendió, Edward bajó por la escalera y junto a sus amigos, miró al techo.
Allí había pintado un árbol genealógico de la familia Ridgway.
Ese era el significado de la expresión “libro-arriba”.
El techo de la biblioteca.
Lo habían dibujado con la técnica del óleo y representaba a toda la dinastía Ridgway desde que el primero de sus antepasados llegara a la bahía. Rosalie miraba embelesada los nombres hasta que llegó a “Esmeralda y Miguel”, sus padres. Siguió bajando y se quedó sin habla: de sus padres nacían dos ramas, en una ponía Rosalie y en la otra Simon.
Ese era el secreto.
La causa del chantaje.
La prohibición de entrar en la biblioteca.
La causa de la desesperación de sus padres.
Rosalie tenía un hermano secreto.

Capítulo Tercero: Un crimen sin resolver

Capítulo Tercero 
Un crimen sin resolver


El móvil de Rosalie sonó en su bolsillo. Ella lo cogió y escuchó a un Edward asustado que estaba cerca de un ataque de pánico:
-¡¡ESTÁ AQUÍ!!
-¡Edward!, ¿qué ocurre?
-¡¡TU TÍA!!¡¡LA HE ENCONTRADO!!
-¿En serio? ¿Dónde está?
-Asómate al acantilado…
Rosalie colgó y cogió a Elisabeth de la mano, llevándosela con ella al borde de mármol que bordeaba el acantilado. Se asomó y vio a Edward en su barco, gritándola que mirara abajo. Ambas chicas bajaron la mirada y chillaron al ver, en el rompeolas, a la tía de Rosalie atravesada y manchada de sangre. Rosalie llamó a un criado y le ordenó que llamara a la policía del pueblo, que les dijera que se acercaran al “Poseidón”, el barco del jefe de la estación, en el que se encontraba su hijo Edward, que les debía enseñar una cosa. 10 minutos después, un barco de la policía del pueblo llegaba al lado del “Poseidón”, en donde Edward les esperaba temblando y sin mirar a las rocas, al igual que las chicas. El comisario miró a los tres adolescentes y le preguntó a Edward que ocurría. Él tan sólo dijo:
-El rompeolas…
Los oficiales se giraron y vieron el cuerpo de la mujer. Algunos apartaron la mirada del cuerpo bañado por las olas, pero al comisario arrugó el entrecejo y ordenó que acercaran el barco a las rocas para recuperarlo. Después aconsejó a Edward que se fuera a Ridgway Hall, para que se tranquilizaran los tres un poco. Él accedió, arrancó el barco y se acercó al puerto. Allí le esperaba un Daniel excitado ante las nuevas noticias. Le preguntó que era lo que había pasado y Edward le relató como había encontrado el cuerpo y como había ido la policía a por él. Daniel puso cara de asco al saber el deplorable estado en que se encontraba el cuerpo de la tía de Rosalie y, junto a Edward, subió las escaleras que llevaban a la mansión. Cuando llegaron allí, las chicas les abrieron el portón de entrada y les condujeron al salón principal. Rosalie, al saber la suerte de su tía y a pesar del odio que sentía hacia, se había puesto un vestido negro que la confería un aura siniestra y melancólica. En la sala se respiraba el aroma del lujo y del dinero: los sillones, que estaban junto a la chimenea de mármol y granito, eran de piel roja; los múltiples cuadros (Picassos, un Vermeer y dos de Velázquez) originales, no copias, que decoraban las paredes que habían costado una fortuna; las mesas bajas, de madera de caoba y con las patas labradas y pintadas con trazos dorados; los candelabros y demás objetos que decoraban y llenaban las consolas y demás superficies, eran figuritas de oro y antiguas reliquias (relojes, muñecos, cajas de música con autómatas, etc.); y del techo colgaba una araña de cristal de menor tamaño que la que adornaba el techo del vestíbulo, pero de misma elegancia y belleza.. En ella se conjuntaban pequeños adornos de oro que parecían lazos con grandes diamantes que reflejaban el arco iris. Los chicos se sentaron con cuidado en los sofás de la chimenea y Rosalie indicó a una criada que les trajera unas tazas de té a cada uno con unas pastas.
La obediente sirvienta murmuró un seco “si señorita Ridgway” y se marchó a la cocina, cerrando la puerta de madera labrada del salón, dejando a los chicos solos. Ninguno de los cuatro quería hablar, no sabían como empezar y tampoco querían seguir hablando de la reciente aparición de un cadáver bajo la casa de uno de ellos. La sirviente volvió 10 minutos después portando una bandeja de plata en la que iba la comida que Rosalie había solicitado. La criada preguntó si “los señoritos” deseaban algo más. Todos la sonrieron y dijeron que no, que muchas gracias por la comida. Ella se excusó y salió de la habitación.
Daniel se levantó, incapaz de seguir sin hacer nada. Se fijó en las estanterías que había en una pared y preguntó:
-¿Qué libros tienes aquí?
-Pues tengo…- de repente, Rosalie se acordó de lo que había hecho esa mañana. “Libro –arriba”-¡Dani! ¡Gracias por recordármelo!
-¿Cómo?
Rosalie relató a los chicos lo que le había pasado esa mañana. Luego sacó el papel arrugado y lo extendió en la mesa. Todos lo contemplaron y Edward preguntó:
-¿Qué quiere decir?
-Rose y yo hemos estado pensado en ello, y no lo sabemos con certeza- apuntó Elisabeth.
-¿No podría ser la cubierta de un libro, por ejemplo?- sugirió Daniel.
-Si, pero el problema está en que estas son las únicas estanterías de libros de toda la casa. Que yo conozca. Y aparte, por supuesto, de las estanterías de mi cuarto, donde ya he mirado- dijo Rosalie.
-¿Y si fuese una biblioteca del piso de arriba?- preguntó Edward.
-El problema está en que en la casa no hay ninguna biblioteca. Arriba hay una sala a la que tengo prohibido el paso. A lo mejor es una biblioteca- dijo Rosalie.
-Qué extraño…
-Por cierto Edward, ¿te dijo la policía algo sobre…?
-No. Me dijo que subiera hasta aquí. Supongo que en un rato subirán ellos también para preguntar y cosas así.
-¿Creéis que fue un suicidio?
-No. De eso puedes estar seguro. Mi tía tenía todo lo que deseaba.
-¿Estás insinuando que la han…?
-Si, asesinado.
-Madre mía.
-Caray.
-Vaya culebrón- todos miraron a Daniel por el comentario. Él se excusó- Bueno, haber si me entendéis, me refiero a que sería perfectamente el argumento de una novela.
-En eso llevas razón, no te digo yo que no- aceptó Edward.
De repente, sonó el timbre del vestíbulo.
-La policía- dijo Elisabeth.
Rosalie guardó el papel en su bolsillo. Escucharon al mayordomo abrir la puerta y saludar al comisario y un ayudante. Le escucharon decir que deseaba hablar con la señora Ridgway, pero como el mayordomo les dijo que no podía ser pidieron audiencia con su hija, la señorita Ridgway. El mayordomo les pidió que le acompañaran y empezaron a oír los pasos que se acercaban. Un segundo después la puerta se abrió y el mayordomo dijo:
-¿Señorita Ridgway? El comisario quiere hablar con usted.
-Hazle pasar, Gustavo.
El comisario entró en el salón, acompañado de una ayudante y los cuatro se levantaron. El hombre se quitó el sombrero ante las damas y dio un apretón de manos a los hombres. Después Rosalie les ofreció asiento a ambos y la pareja se sentó. Ella cruzó las piernas. El comisario la miró y le dijo:
-Señorita Ridgway, ¿sabe lo que ha ocurrido, verdad?
-Por supuesto- la seriedad de Rosalie sorprendió tanto al comisario y su ayudante como a sus amigos. Se notaba que de mayor sería una mujer de negocios, con la mente fría cuando la situación lo requierese.
-¿Tiene alguna idea de lo que pudo ocurrir?
-Por supuesto. Mi tía fue asesinada.
-¿Cómo dice?
-Lo que oye. Mi tía, Bellatrix Ridgway, fue anoche asesinada durante la celebración del cumpleaños de mi madre, Esmeralda Ridgway- se levantó a echarse azúcar en la taza y se volvió a sentar con ella en la mano, dando vueltas con la cucharilla de plata.
-¿Está su madre por aquí?
-Me temo que está indispuesta.
-¿Qué la ocurre?
-Anoche durmió mal y esta mañana no se encontraba bien- dio un sorbo al té.
-Hágale saber mis más sinceros deseos de que se recupere.
-Así será.
-Puedo preguntarle señorita Ridgway, ¿sabe de alguien que quisiera matar a su tía?
-Claro. Todo el mundo.
-¿Cómo?
-¿Es que era a usted al único al que caía bien? La mayoría de los habitantes del pueblo la detestaban. Incluso yo tampoco la soportaba- bebió otro sorbo.
-¿Usted no apreciaba a su tía?
-No. Nunca me cayó bien y con los años he ido poco a poco odiándola más.
-¿Se da cuenta de que se está colocando como primera sospechosa?
-Si, pero mis amigos pueden decirle que no me separé de ellos. Bailé con Edward y Daniel y estuve hablando con Rosalie. Siempre con uno de los tres.
-Esa es una gran coartada.
-Ya lo creo. Pero sino me cree, pregúnteles. Aquí los tiene.
-No me hace falta, señorita Ridgway, me fío de usted.
-Ese comentario me halaga.
-Una pregunta más, si me permite. ¿Dónde está el collar de esmeraldas de su tía?
-¿Perdone?
-Verá, anoche vine con mi mujer. Ella se fijó en un “fabuloso collar de esmeraldas que resaltaba la belleza de la hermana de la señora Ridgway”. Miré a su tía y, en efecto, vi el collar. Pero hoy, cuando hemos recuperado su cadáver del rompeolas, el collar no estaba donde debería estar, ya que, si fue asesinada durante la fiesta, no pudo ir a sus aposentos a dejarlo.
-No tengo ni idea de donde puede estar- depositó la taza cuidadosamente en la mesa.
-Bueno, no tiene importancia. Gracias por prestarnos un poco de su tiempo, señorita Ridgway.
-De nada comisario. ¡Gustavo!- Rosalie se acercó a la puerta y el mayordomo apareció por ella.
-¿Si señorita?
-Lleve a estos señores a la salida, por favor- le indicó Rosalie acercándose a él.
-Ahora mismo.
El mayordomo se llevó a los policías de la sala y al vestíbulo. Los jóvenes escucharon como Gustavo cerraba la puerta y se iba a la cocina. Rosalie se sentó y abrió la palma de la mano. En ella brillaba una llave.
-¿Qué es eso?
-Una llave maestra de la casa. Se me ocurrió mientras hablábamos antes de que llegaran los policías. Estoy segura de que con ella podremos entrar en la sala de arriba.
-¡Eres genial Rosalie!
-¡Bien hecho!
Los cuatro adolescentes se levantaron y salieron del salón sin hacer ruido. Eran las 12 de la mañana y la luz solar entraba a raudales por los ventanales del enorme vestíbulo, iluminando la enorme araña de cristal que colgaba del techo. Los chicos subieron la escalinata y marcharon hacia el final del lado oeste. Al fondo vieron la puerta. Su destino. Se acercaron a ella. Rosalie introdujo la llave en la cerradura y suspiró. Después la giró. La cerradura no opuso la más mínima resistencia. La puerta de caoba se entreabrió.

Capítulo Segundo: La Fiesta

Capítulo Segundo
La Fiesta

El día del cumpleaños de la madre de Rosalie amaneció despejado y con un sol radiante que prometía que la velada de esa noche se celebraría en los jardines de la finca. El viento soplaba levemente, moviendo apenas las hojas de los sicomoros del jardín italiano de la finca Ridgway. Las fuentes con estatuas griegas echaban agua y los bancos de mármol relucían a la luz del sol. En la parte este de la casa se estaba desplegando una carpa que protegería de la lluvia a los invitados si llegaba a llover en medio de la velada. Eran las 12 de la mañana cuando Rosalie dio a su madre su regalo: dos billetes de avión para que las dos se fueran a París a ver a su padre. Esmeralda sonrió pero la tristeza invadió su cara y confesó a su hija:
-Imagínate si dejáramos a tu tía sola en casa, lo que podría ocurrir…
Rosalie se entristeció mucho, dándose cuenta de que su madre tenía razón. Para terminar con ese momento de tristeza, entregó a su madre el segundo y último regalo que la había comprado hacía dos días: una gargantilla como le gustaban a su madre, de oro con un diamante en el que había grabadas una “E” y una “R”. Esmeralda prometió a su hija que se lo pondría esa noche para la fiesta. Aquella promesa hizo sonreír a Rosalie, pero su sonrisa se esfumó cuando al doblar la esquina apareció su tía con un nuevo modelito que seguramente se había comprado el día que Rosalie la vio. Se acercó a ellas y entregó Esmeralda un estuche, que contenía un collar de perlas auténticas y un par de pendientes de diamantes que tenían una perla en el centro.
-No me des las gracias, tan sólo póntelos esta noche con el regalo de Rosalie. Así te convertirás en la estrella de la noche- y se alejó carcajeándose. Madre e hija se miraron con un atisbo de sospecha en los ojos y se marcharon a ver como iban los preparativos de la fiesta en dirección opuesta a la tomada por Bellatrix.
Llegó la hora de la fiesta y las tres mujeres de la casa bajaron a recibir a los invitados. Esmeralda se había puesto un vaporoso vestido de seda roja que resaltaba sus facciones y que hacía, sobre todo, llamar la atención sobre la gargantilla que Rosalie le había regalado. Rosalie se había puesto para la ocasión un vestido de color azul cielo que le llegaba por encima de las rodillas, y que había conjuntado con unos tacones blancos con un lazo y unos pendientes de diamantes. Llevaba el pelo elegantemente recogido en un moño alto que se sujetaba con una peineta de esmeraldas. Bellatrix se había puesto un pantalón negro y unas sandalias de tacón que conjuntaban con el corpiño blanco de pedrería y el collar de esmeraldas. Se había maquillado mucho, mientras que Rosalie y su madre apenas se habían pintado los labios y un poco los ojos.
Los primero invitados en llegar fueron Edward con su familia, a la que siguieron las familias de Elisabeth y Daniel. Después de ellos, fueron llegando poco a poco todos los habitantes de Kilmore Cove para la que sería la fiesta del mes. Las anfitrionas recibían a los invitados, les rogaban que dejaran el presente para Esmeralda en una mesa y que fueran pasando a los salones y a la carpa, donde les esperaban deliciosos tentempiés venidos de todas partes del mundo. En todas partes de la planta baja de la mansión sonaban la música, las risas y conversaciones y los cubiertos de plata.
Ridgway Hall hervía de felicidad.
Todos parecían contentos, excepto Bellatrix. Se mostraba cordial, pero no compartía la alegría del festejo como los demás, así que salió al jardín cuando ya era de noche y se acercó por el lado oeste de la mansión a la barandilla de mármol que bordeaba el acantilado.
Alguien se disculpó y abandonó una conversación. Pasos que iban del salón a la parte oeste. El ruido de una puerta al cerrarse y de unos zapatos al caer al suelo. El sonido de unos pies descalzos sobre la hierba, que llevaban a alguien hacia Bellatrix. Ella se dio cuanta en el último momento. Se giró y sintió el empujón en el pecho que la arrancó el collar de esmeraldas que llevaba. No pudo chillar ni defenderse. Tan sólo pareció que volaba.
La fiesta terminó a las 11 en punto, cuando todos empezaron a irse y la casa quedó en silencio. Esmeralda agarró a su hija de la mano para acompañarla a su cuarto. Ordenó a los criados que no limpiaran nada, que ya lo harían al día siguiente. Ellos se lo agradecieron y se retiraron a sus aposentos al lado de la cocina. La señora Ridgway subió la escalinata y entró en el cuarto de su hija, la echó en la cama y la arropó, sabedora de que Rosalie no tenía fuerzas para cambiarse. Apagó la luz y cerró la puerta. Ya fuera, se encaminó a su cuarto y pensó en donde estaría su hermana en esos momentos. En un repentino arranque de furia, se arrancó de cuajo el collar de perlas, que se desparramaron por el suelo. Las pateó y acto seguido las aplastó una por una con su zapato, llorando desconsoladamente al pensar en el pasado, antes de que Rosalie naciera. Cuando la señora Ridgway entró en su dormitorio, en el suelo, al lado de la puerta, había un pequeño montón de trozos de perlas.
A la mañana siguiente, Rosalie se despertó presa de horribles temblores que la sacudían. Había soñado… No, eso era imposible. No podría hacer algo así. Decidió olvidarse del asunto y se levantó. Vio que estaba todavía vestida con su vestido. “Seguramente mamá me trajo anoche” pensó Rosalie. Quería mucho a su madre, y odiaba verla sufrir. De repente, escuchó un gritito en el pasillo. Salió corriendo y abrió la puerta. Una de las criadas estaba al final del pasillo, enfrente del cuarto de su madre. La miró y la indicó por señas que se acercase hasta allí. Cuando llegó vio lo que había asustado a la criada: el collar que su tía había regalado a su madre yacía en el suelo roto y con las perlas partidas. Llamó a la puerta del dormitorio y la contestó una especie de gruñido:
-Entre.
Abrió la puerta y entró en el dormitorio de su madre seguida de la criada. Era un caos: la cama totalmente desecha; toda la ropa del armario por los suelos, y los zapatos fuera de su lugar; el tocador estaba hecho un desastre y el escritorio, donde yacía Esmeralda Ridgway, había sido despejado a base de tirar los útiles de papelería para colocar un portátil en su lugar. Rosalie y la criada se acercaron cautelosamente a la mujer. Ambas se temían lo peor, pero se tranquilizaron al ver que se movía. La criada ayudó a su señora:
-¡Señora! ¿Señora?
-Um… ¿Qué ocurre?
-¿Cómo se encuentra?
-Bien, ¿por?
-¿Qué le pasó anoche?
-Yo…bueno. Estaba buscando una cosa…-el tono evasivo de la mujer alertó a Rosalie de que lo que su madre había estado buscando era algo relacionada con lo que Bellatrix la chantajeaba. Miró hacia la pantalla del ordenador. En ella había un mensaje de su padre. “Debió de conectarse anoche para preguntarle algo” sospecho Rosalie. La joven buscó en la pantalla la conversación.
-“¿Dónde está?”
-“Te lo diré en clave para que, en caso de que Bellatrix encuentre este mensaje, se desconcierte.”
-“De acuerdo.”
-“Libro-arriba.”
-“Muy bien. Adiós cariño.”
-“Adiós. Dale un beso a Rosalie.”
Cuando la joven terminó de leer el mensaje, se arrodilló y buscó por el suelo un lápiz y un papel para apuntar la pista. Sabía que, en cuanto la criada dejara a su madre en la cama para que descansara, la echaría de allí, por lo que sólo poseía unos segundos. Halló el papel y el lápiz y anotó la pista: “libro-arriba”. Arrugó el trozo de papel y lo escondió en su mano derecha justo en el momento en que la criada la pedía que se marchara cortésmente. Ella salió del cuarto y corrió al suyo. Se encerró y cogió el teléfono.
-¿Elisabeth?
-Si. ¿Quién es?
-Soy Rosalie. Necesito que vengas. Avisa a los chicos. Yo he de buscar a mi tía.
-¿Qué ha ocurrido?
-Tú ven, por favor. Chao.- y colgó. Necesitaba arreglarse un poco antes de que llegaran. Abrió su vestidor y se zambulló en vestidos y zapatos de marca.

-¡DANI!-gritaba Elisabeth.- ¡BAJA YA!
-Ya voy, caray-se quejó Daniel saliendo a la calle-¿Pasa algo tan grave como para que no haya ni podido arreglarme?
-Algo ha pasado en Ridgway Hall.
-Dios mío. ¿Tiene que ver con la tía de Rosalie?
-Sí.
-Vayamos rápidamente a por Edward.
-OK.
La pareja fue a por el tercer miembro del grupo, que estaba escuchando música en su cuarto. Edward bajó raudo al saber lo que ocurría y los tres se encaminaron a la mansión Ridgway.
Al llegar, Rosalie les esperaba ya ante las rejas de hierro con mirada preocupada. Daniel, Elisabeth y Edward se miraron y se acercaron a Rosalie.
-Gracias por venir tan rápido, chicos. Necesito que me ayudéis.
-¿Qué ocurre Rose?-le preguntó Elisabeth.
-Son varios los motivos, pero el principal es que mi tía ha desaparecido.
-Bueno, ¿y qué?- preguntó Daniel.
-¡Cómo que y que! ¡Es su tía!- le gritó Elisabeth.
- Ya, pero todos la odiábamos.
- Eso es cierto, pero el problema es que mi madre está de pronto bastante mal. No se quiere levantar. Creo que la desaparición de mi tía tiene algo que ver.
- Vaya, entonces es algo grave.
-Si, ya lo creo.
-Debemos encontrarla.
-¿Por dónde empezamos a buscar?
-Por Kilmore Cove, por supuesto. Aquí, en la casa, no está. Ya la he buscado.
-¿Estas segura? Este tipo de mansiones antiguas suelen tener pasadizos ocultos- observó Edward.
-La verdad es que no había pensado en eso- confesó Rosalie.
-Entonces, que se quede Elisabeth contigo y que te ayude a buscar mejor. Daniel y yo bajaremos al pueblo a indagar por el paradero de tu tía.
-Hecho- y los cuatro se separaron: las chicas volvieron a Ridgway Hall y los chicos empezaron la bajada del acantilado.
Rosalie llevó a Elisabeth al interior de la mansión. La joven tal sólo había visto el salón principal y los jardines la noche del cumpleaños de Esmeralda Ridgway, así que Rosalie le mostró el resto de la mansión. La fascinó el invernadero de cristal y los suntuosos dormitorios de la planta superior. Sin embargo, Rosalie no puedo mostrarla todas y cada una de las habitaciones: en la planta superior había una sala que, según Rosalie, siempre había estado cerrada. Aunque sus padres podían pasar con una llave, a ella se lo tenían terminantemente prohibido. A Elisabeth le extrañó la prohibición, pero lo dejó pasar y siguió a Rosalie al resto de la casa. Cuando se la supo más o menos de memoria, preguntó si tenían biblioteca. Rosalie le contestó que seguramente la habitación prohibida lo era, pero que no lo sabía con certeza. Elisabeth empezó a sospechar, pero dejó las deducciones para más tarde. Propuso que se separaran y que cada una buscara un pasadizo pos cada ala de la casa. Rosalie aceptó y se marchó hacia el ala este, mientras que Elisabeth lo hizo al oeste.
En la parte baja del ala oeste había dos salones, una terraza, un saloncito de té y tres baños. En la planta superior, dormitorios y más baños, además de un pequeño gimnasio. Rosalie buscó y buscó, pensando en las películas de la tele. Buscó botones que apretar, palancas que accionar y puertas detrás de la pared, pero no encontró nada
La suerte de Elisabeth. Ella estaba en la parte oeste, en cuya planta baja estaban la cocina, los aposentos de los criados, el comedor y otros dos baños más. En la planta superior, otros dos dormitorios, un baño y la sala prohibida. Elisabeth pasó un rato delante de la puerta y después se puso, como Rosalie, a buscar mecanismos secretos. Cuando se dio por vencida, miró en las demás salas y después volvió al vestíbulo, donde la esperaba Rosalie.
-¿Alguna novedad?
-No.
-Vaya, que pena.
-Si.
-¿Cómo les irá a los chicos?

Daniel y Edward iban por el pueblo preguntando a los habitantes de Kilmore Cove si habían visto a Bellatrix Ridgway, la hermana de la reciente cumplidora de años, la señora Ridgway. Nadie la había visto después de la fiesta, pero una vecina de Daniel, la anciana señora Eagle, que estaba un poco ciega, les dijo que la había visto ir hacia la cocina y después salir al jardín oeste. Los chicos la preguntaron cómo estaba tan segura (ya que no se fiaban de la vista de la anciana, a pesar de su apellido, águila) y ella les dijo que Bellatrix la había causado mala impresión porque la había empujado sin querer y se no había disculpado.
Aquella pequeña pista alegró a los chicos, que le dieron las gracias a la anciana y se marcharon de su casa. Siguieron buscando por el pueblo y se obligaron a aceptar que nadie había visto a Bellatrix Ridgway por el pueblo la noche anterior. Daniel propuso buscarla por el bosque y el mar. Edward aceptó y eligió el mar. Daniel se despidió de él y se marchó al bosque de pinos que estaba al lado del pueblo, mientras que Edward iba a su casa a por las llaves del pequeño barco de vela de su padre. Cuando volvió al puerto, buscó el nombre de “Poseidón”, nombre con el que había bautizado su padre al barco. Subió a él y arrancó. Acto seguido se dirigió al rompeolas de Mermaid Cale. Dio una vuelta alrededor suyo y llegó al otro lado de la bahía. Como no encontró nada, volvió atrás y, cuando pasaba de nuevo por Mermaid Cale, un rayo de luz lo cegó. Paró y entrecerró los ojos para ver que era la luz que lo había sorprendido. Arrancó de nuevo y se acercó al rompeolas. Cuando estuvo lo bastante cerca como para distinguir cada roca, ahogó un grito. La luz que le había cegado procedía de un rayo de sol que se había reflejado en el corsé de pedrería que portaba Bellatrix Ridgway, que yacía atravesada en una roca, totalmente desangrada y con una expresión de horror en la cara.

Capítulo Primero: Kilmore Cove

Capítulo Primero
Kilmore Cove

Los últimos rayos de luz de la tarde iluminaban la diminuta bahía donde se encontraba aposentado el pequeño pueblo de Kilmore Cove. Las olas que llegaban a la orilla bañaban los pies de una figura que paseaba por la arena. Un simple adolescente. Alto, de pelo castaño y con una figura imponente. De repente, el graznido de una solitaria gaviota irrumpió en los pensamientos del joven, sacándolo de su ensimismamiento. Levantó la vista y sus ojos, de un azul brillante, enfocaron la silueta del ave, que se alejaba hacia el acantilado. El acantilado, Mermaid Cale. El lugar donde se erigía el mayor sueño del adolescente. Ridgway Hall, la residencia de la familia Ridgway desde tiempos inmemorables. Desde que su antepasado, Marcus Ridgway, en el siglo XV, llegara a la bahía con su galeón y tomara posesión de la zona, creando el pequeño pueblo que ahora estaba allí. El lugar donde el joven vivía, justo a los pies del acantilado, en la encrucijada que llevaba a la ciudad y a la carretera del acantilado. El joven llegó al final de la playa y se calzó las sandalias que llevaba en la mano. Después corrió hacia su casa para llegar a tiempo a cenar.

-Hola mamá-saludó el joven. Se llamaba Edward Richardson, tenía 16 años y era el mejor de su clase. Le gustaba leer novelas de asesinatos, escribirlas él de su puño y letra, salir a hacer footing  y dar largos paseos por la playa.
-Hola Edward, ¿has ido a correr?
-Si, después he dado un paseo. ¿Qué vamos a cenar?
-Pescado frito
-OK. Me subo a duchar y ahora bajo.
Cuando llegó arriba, vio que sus cosas estaban de nuevo revueltas y su mesa desordenada. “Tommy” pensó. Edward tenía u hermano pequeño llamado Tomás, pero le apodaban Tommy. Tenía 8 años y era un muchacho muy curioso, tanto que le encantaba husmear entre las cosas de su hermano con tal de descubrir alguna cosa que Edward tuviera escondida. “Se va a enterar” pensó Edward, y luego gritó:
-¡¡MAMÁ!!¡¡TOMMY HA VUELTO A COTILEAR ENTRE MIS COSAS!!
Pero otra voz a la que esperaba le contestó:
-¿Otra vez?-Era una voz profunda y tranquilizadora, que supo enseguida pertenecía a su padre. Se llamaba Richard y era el jefe de la estación de trenes del pueblo. Era un hombre alto, de hombros altos y con un curioso remolino en el pelo que Edward había heredado.
-Hola papá, ¿que tal el día?
-Bien. Ahora hablaré con Tommy, no te preocupes.
-Ya lo se, pero es que esta debe ser la milésima vez que le hace, y ya sabe que eso me pone de los nervios.
-Vale. Voy a buscarle.
-Bien-y resopló. Odiaba que hurgaran entre sus cosas (sino era con su consentimiento) y que, además, Tommy ni intentara ocultar la inspección ordenándolo todo de nuevo. Era como si disfrutara cuando le regañaban después de pillarle.”Es exasperante”pensó Edward. Cogió una muda limpia y un pijama y se fue a duchar. Cuando se duchaba o bañaba, se le aclaraban las ideas, y eso le ayudaba mucho a estar tranquilo.
Cuando terminó, bajó a cenar y después se conectó al “TUENTI” para comprobar si sus amigos habían colgado algo. No encontró nada y se subió a leer un poco antes de dormirse. Cogió un volumen de su estantería, “Asesinato en el Orient Express” de Agatha Christie, su escritora favorita. Comenzó a leer y al rato se durmió sobre el libro. Notó como, al rato, su padre entraba en su cuarto y le acomodaba en la cama, retirando a su vez el libro no sin antes marcar la página por donde se había quedado su hijo para que no tuviera que buscarla. Lo arropó y se marchó, cerrando la puerta y dejando que en la cabeza de Edward se crearan historias sobre deducciones y detectives.

*****

El día amaneció soleado y sin nubes visibles en el cielo. La luz del sol entró por la ventana de Elisabeth Níger. Entornó los ojos y se desperezó, tras lo cual se sentó en la cama y contempló su dormitorio. Elisabeth era una chica alta, con un cabello largo y rubio y una brillantes ojos verdes, herencia de su madre. La gustaba pintar y cantar, y solía reunir a sus tres amigos para que la escucharan cantar y le dieran su opinión. Divisó su bata debajo de unos vaqueros y se levantó a por ella, se abrochó el cinturón y salió de su cuarto. Su familia estaba ya levantada, como pudo ver al entrar en la cocina. Allí se encontraban sus padres y su hermana pequeña, Paula, desayunando. Saludó con la mano y abrió el armario donde estaban los bricks de leche. Abrió uno y vertió parte del líquido en un tazón. Después puso Cola-Cao y por último echó unos cereales en el cuenco. Se sentó en la mesa a desayunar y mientras habló con su familia.
-¿Qué tienes planeado hacer hoy?-le preguntó su madre.
-Quiero ir a la ciudad con Edward, Daniel y Rosalie.
-Muy bien. ¿Vendrás a comer?
-Seguramente no. Queremos ir de compras y después al cine. Volveremos sobre las 6 de la tarde.
Dicho esto dejó el cuenco vacío en el fregadero y volvió a su habitación. Le quedaba 1 hora hasta tener que reunirse con sus amigos, así que decidió rizarse los rubios cabellos.

En el mismo momento en que Elisabeth bajaba a desayunar, Daniel Fredicksen, su amigo, volvía de comprar el pan de la tienda del pueblo. Eran las 11 de la mañana y le gustaba ir a por el pan a esa hora, ya que era cuando los primeros rayos del sol se reflejaban sobre la superficie del mar, creando colores de una gran belleza. Daniel era un chico no muy bajo, delgado y con unos rizos rebeldes que le hacían inconfundible.
Cuando estaba llegando a la plaza del pueblo se sobresaltó al oír su nombre:
-¡¡DANIEL!!
Se dio la vuelta y vio que su amiga Rosalie Ridgway, la hija de los Señores Ridgway, corría hacia él. Era una chica de estatura normal, con el pelo ensortijado y de color negro. Tenía los ojos marrones y adoraba cuidar de sus dos pequeños yorkshire terrier, que se llamaban Tom y Jerry. Le extrañó verla en el pueblo a esas horas, ya que su casa (palacio, mejor dicho) se encontraba en la cima del acantilado. Entonces se acordó de que su abuela Rosella tenía una casa en el pueblo, cerca del faro. “Debe de haber pasado la noche allí, hacía mucho que no se quedaba” pensó Daniel. La saludó con la mano y caminó hacia ella, con lo que Rosalie aminoró la marcha. Cuando se acercaron Rosalie le sonrió y él le devolvió la sonrisa. Se sentía muy gusto con sus dos amigas, quizá un poco más con Elisabeth, pero Rosalie también le gustaba. Ella le preguntó:
-Hola Dani, al final hemos quedado a las 12:30, ¿no?
-Si, estoy seguro. Ahora venía pensando en ello.
-Vale, muchas gracias. Es que no estaba segura. Bueno, me subo a casa a cambiarme.
-Si, claro. Como vives arriba, bueno, es decir, en el acantilado, en la cumbre, y, claro, la cumbre siempre está arriba, esto…-consiguió articular Daniel, poniéndose colorado. Rosalie se rió.
-Si, claro. La cumbre siempre está arriba. Nos vemos luego. Adiós-y echó a correr hacia el pie del acantilad. Daniel se quedó unos momento más totalmente quieto hasta que Rosalie, a lo lejos, se dio la vuelta y le saludó con la mano. Él apenas puedo devolverla el saludo levantando un poco la mano y moviéndola hacia los lados. Después pudo recuperar el control de si mismo y se puso camino a su casa.

Rosalie subía por las escaleras de piedra talladas en la roca del acantilado de camino a su casa. Iba pensando en el encuentro que acababa de tener con su amigo cuando la torre de su casa, Ridgway may, asomó por el horizonte. Como la odiaba. Odiaba esa torre. Con su absurda veleta y sus ventanas redondeadas. La recordaba la forma en que su tía Bellatrix Ridgway, manipulaba a sus padres. No soportaba ver como ellos cedían bajo las exigencias de su tía Bella, que era la que había solicitado la construcción de la torre para poder subir a “ver el océano cuando quisiera”.
¡Pero a quién se le ocurre poner una torre en una casa que daba al mar solamente para poder verlo! Eso la sacaba de quicio, pero su padre estaba en esos momentos de viaje de negocios y su madre era la que estaba al mando de la casa. Aunque su madre (que se llamaba Esmeralda) era conocida por no ceder fácilmente, su hermana conseguía todo lo que quería. Esmeralda intentaba ocultar esta “dictadura” a los ojos de su hija, pero Rosalie no era una niña, y aunque delante de sus padres fingía no saber nada del asunto, estaba segura de que había algo detrás de tanto “lo que tu quieras Bella” o “por supuesto Bella, hoy mismo”. Rosalie sospechaba que, antes de que ella naciera, algo había pasado en la familia, algo que solamente sus padres y su tía sabían, un secreto que debía permanecer en la sombra y no podría ser nunca desvelado. Sino, no encontraba otra explicación a la dictadura de su tía sobre los Ridgway.
Ojalá le pasara algo a su tía.
Este pensamiento la vino de golpe, y ella rápidamente lo desechó. Bellatrix era su tía, un miembro de su familia, ¿cómo podía haber podido pensar eso? Intentando olvidar esa idea, atravesó la verja de hierro forjado que daba paso a su finca, y presa del pánico por aquel pensamiento que la sonaba en la cabeza, echó a correr hasta la puerta principal de Ridgway Hall.

La hora pasó rápidamente para los cuatro amigos, que se encontraron a las 12 en punto en la estación de trenes del pueblo. Se saludaron y sacaron los billetes del tren que les debía llevar a la ciudad. A los 5 minutos escucharon un pitido y, por la esquina, apareció Betsy, la locomotora del siglo XX que llevaba a los transeúntes a la ciudad. A pesar de tener ya unos años, nunca había fallado y ya no echaba humo, se la había quitado el motor a carbón y se la había instalado un motor moderno, de los que van por cales eléctricos. El maquinista, Simeón Lemond, un hombre de unos cuarenta y cinco años, los saludó con la mano y tocó el silbato de la máquina. Esta se detuvo con delicadeza y se abrieron sus puertas. Los pasajeros entraron y los amigos fueron al vagón más cercano a la cabina, para saludar a Simeón. Este les dejó pasar a la cabina del conductor y los acomodó en unos sillones detrás de él. Después, tocó de nuevo el silbato para avisar al padre de Edward de que se marchaba. Él le devolvió el pitido y la locomotora se puso en marcha. El trayecto a la ciudad apenas duró 10 minutos, tiempo más que suficiente para que Simeón les contara otra de sus divertidas historias de trenes.
Cuando llegaron a Denver, se despidieron de Simeón y se encaminaron al centro comercial de la ciudad. Cuando llegaron allí, Daniel propuso que se separaran los chicos de las chicas, para que cada uno entrara en las tiendas que fueran de gustos parecidos y que se volvieran a juntar 1 hora después. A os demás les pareció bien Rosalie y Elisabeth se fueron por un lado mientras Edward y Daniel se iban por otro. Cada pareja conversaba sobre la otra.
-Opino que son muy tímidos, ambos. ¿No crees?
-Claro que si. Fíjate, hoy me he encontrado a Daniel por la mañana en la plaza y le he ido a saludar. A los 2 segundos ya se había trabado y estaba como un tomate.
-¡Que monada! A mí me pasa lo mismo con él- dicho esto ambas amigas se carcajearon y se concentraron en cual de las múltiples tiendas del centro visitarían antes. Quizá les compraran algo a esos dos tarugos…
-Te lo digo en serio, no pude hablarle. Se me trabó la lengua y me puse a decir idioteces. ¡Maldita sea!
-Tampoco pasa nada. Yo también me corto a veces cuando me quedo solo con Rosalie. Y considérate afortunado, porque tú solamente te pones colorado, ¡yo ardo!
-Que dices, ¿en serio?-se rió Daniel.
-Si, no es nada gracioso.
-Bueno, dejémoslo así-decidió Daniel, aunque seguía riéndose por lo bajo.
Ambas parejas pasaron una hora de tienda en tienda, encontrándose a veces. Las chicas iban a tiendas como Mango, Primark y  Bijou Brigette, mientras que los chicos entraban en Foot Looker y Décimas. La hora pasó rápidamente y los cuatro se reunieron en el centro del centro comercial. Echaron a votación donde comer y acabaron en un restaurante llamado “El Lodge”, un pequeño pero acogedor establecimiento que en días festivos y cuando iban a la ciudad visitaban con sus familias.
Después de comer cada uno llamó a su madre para avisarla de que todo iba bien y que ahora iban a entrar en el cine. Cuando terminaron, se encaminaron al cine, no sin antes buscar una taquilla donde dejar todas las bolsas. Cuando las encontraron, Edward sacó 1 euro y lo metió por la ranura, dejaron las bolsas y Daniel se guardó la llave, ya que era el único que llevaba cremallera en los bolsillos de los pantalones. Dejaron atrás las taquillas del centro comercial y llegaron a las del cine. Se decantaron por una película de suspense, “El Retrato de Dorian Gray”, que empezaba media hora después. Se pasearon por los alrededores del cine. Rosalie se separó del resto del grupo para acercarse a ver un lago que estaba enfrente del cine. Le pareció precioso, con sus correspondientes patitos y sus ondas que surcaban la superficie del agua. Estaba reflexionando esto cuando vio por el reflejo, una figura que le resultaba conocida. Levantó la vista y vio a su tía en el otro lado del lago, observándola. Bellatrix sonreía socarronamente, la saludó y después se encaminó a su coche, en el que Adrián, su chofer y el de toda la familia, cargaba montones de bolsas de tiendas muy caras. Seguro que el dinero que había empleado en la compra era de sus padres. Maldijo por la bajo a su tía y no la devolvió el saludo. Vio como montaba en el coche, recogiéndose el vestido color salmón que le llegaba por debajo de las rodillas. Cuando abrió la puerta y se sentó en el asiento, sólo llegó a ver los tacones blancos de su tía que un segundo después desaparecieron. Adrián la cerró la puerta y saludó a Rosalie sonriéndola. Ella le devolvió la sonrisa, pero entonces la cara de Adrián se transformó en lo que realmente era, un hombre mayor cansado que servía a una prepotente señora y que veía como un linaje tan antiguo como el de los Ridgway quedaba manchado por la mano de semejante mujer, una chantajista sin escrúpulos que estaba martirizando a una familia que debía ser feliz.
A cualquier precio.
Adrián se sobresaltó pensando semejante barbaridad y se metió en el asiento del conductor. Acto seguido arrancó y se marchó con Bellatrix. Pero Rosalie se había dado cuenta del pensamiento de Adrián. Sabía que odiaba a su tía tanto o más que ella, ya que él sabía que era lo que había ocurrido en el pasado, antes del nacimiento de Rosalie. Lo que la joven no sabía era la causa del chantaje de su tía a sus padres. Intentó olvidar lo que había visto y volvió con sus amigos, ya que la media hora de espera había concluido. Se acercó a sus amigos sonriéndoles y los cuatro entraron en el edificio, dejando atrás preocupaciones y temores.
Cuando terminó la película, los amigos salieron comentándola. Les había encantado a todos. Fueron a por las bolsas a las taquillas, comprobaron que les quedaba dinero para pagar el billete de vuelta a Kilmore Cove y se fueron a la estación de trenes. Allí esperaron a que Betsy apareciera por la esquina de la estación con Simeón al mando. Pasados apenas 5 minutos llegó la locomotora a la estación y ellos volvieron a la cabina del conductor para ir con el viejo Simeón. El viaje de vuelta se les pasó muy rápido también, ya que le fueron contando la película al hombre, que les escuchaba atento a las vías. A las 6 menos 20 llegaron a Kilmore Cove. Se despidieron de Simeón y bajaron andando hasta la plaza del pueblo. Cuando llegaron allí vieron un gran cartel colgado de la fachada del ayuntamiento:

“Fiesta en la Mansión Ridgway”
                  
El día 26 de Julio se celebrará en la mansión de la familia Ridgway una
pequeña fiesta en honor a la señora Esmeralda Ridgway, que cumple
 la edad de treinta y ocho años. Se agradecerá la presencia de
amigos y habitantes de Kilmore Cove a dicho festejo.
Se permiten llevar familiares y amigos que no sean de
Kilmore Cove. La fiesta comenzará a las 7 y media de la
tarde y se prolongará hasta las 11 como máximo.
                       
Los jóvenes se quedaron mirando el cartel q ue colgaba del edificio hasta que Rosalie dijo:
-Esto no puede ser obra de mis padres. Seguro que ha sido mi tía. La muy… quiere hacerse la buena con mamá.
-Vaya, vaya…que lista es tu tía-observó Elisabeth.
-Desde luego-aprobó Edward.
-¿Qué pretenderá anunciando esto?
-Es evidente, pretende ganarse el favor del pueblo.
-Una mujer inteligente tu tía.
-No me digas.
-¿Qué hacemos entonces?
-Lo único que podemos hacer. La fiesta es pasado mañana, ¿no? Rosalie ese día no podrá salir, ya que deberá ayudar a prepararlo todo, así que iremos como invitados, cada uno con sus padres, a la fiesta y allí nos encontraremos. Por lo menos, te quitaremos a tu tía de en medio un poco- dijo Edward.
-Me parece bien.
-Estoy de acuerdo.
-Es perfecto.
Y con este plan cada uno se marchó a su casa, pensando en las maquiavélicas intenciones que habían llevado a Bellatrix Ridgway a celebrar una fiesta en honor a una hermana que martirizaba.