Capítulo Quinto: Sospechas

Capítulo Quinto

Sospechas


Rosalie no conseguía apartar la mirada del fresco del techo. Simon. Ella. Hermanos. Rosalie Ridgway tenía un hermano. Un hermano mayor. ¿Cómo se lo podían haber ocultado? ¿Con qué había estado su tía chantajeando a sus padres? ¿Con decírselo a ella, a Rosalie? De repente sintió odio hacia sus padres y carió hacia su tía muerta. Pero se desvanecieron rápidamente. Nadie tenía derecho a amargar la existencia a nadie. Siempre odió a su tía y siempre la odiaría. Pero, ¿un hermano? ¿Cómo era posible?
Edward empezaba a sentir antipatía hacia los padres de Rosalie. ¿Quién, en su sano juicio, era capaz de ocultar la existencia de un hermano? Se preguntaba como se sentiría él al descubrir que, de pronto, tenía un hermano como lo era Tommy. Intentó quitarse ese pensamiento de la cabeza. Aunque Tommy era un incordio, Edward lo quería muchísimo.
Daniel “flipaba” con el descubrimiento. Desde luego, Ridgway Hall cada vez le gustaba más. Con sus historias y sus grandes salones. No conseguía saber que pensaba Rosalie en ese momento. Se notaba como algo que sobraba en ese entorno de Riqueza y lujo. Un extraño en una casa que escondía más de un secreto. Dejó vagar su imaginación, inventándose las historias que allí podrían haber ocurrido…
Elisabeth se acercó a Rosalie y la abrazó por los hombros. Miraba la expresión de la joven y solamente veía sorpresa y decepción. “Y quién no estaría decepcionado, cuando te acabas de enterar de que tus padres llevan toda la vida engañándote y que tienes un hermano secreto de cuya existencia no sabía nada”. No sabía como actuar. Que decir a Rosalie para que apartara la mirada de ese maldito fresco. Lo cierto era que era bastante hermoso. Los nombres de los familiares estaban dentro de pequeñas nubes blancas y mullidas que flotaban en un mar de cielo. Unos ángeles y querubines volaban entre ellas, riendo y jugando al pilla-pilla. Eran muy hermosos. Una hermosura que quedaba tapada por el oscuro secreto que guardaban sus diminutas alas.
Los cuatro chicos estuvieron unos segundos más mirando el fresco hasta que, de repente, Rosalie estalló en sollozo. Se acercó al sofá de la habitación y se sentó en él, con Elisabeth a un lado y Edward al otro. Daniel se mantenía de pie, ante ellos, apoyado el la mesa de caoba con los brazos cruzados.
-Vámonos de aquí- dijo.
Ninguno se opuso y Elisabeth se levantó extendiendo la mano hacia Rosalie. Ella se la cogió y, ayudada por Edward, se levantó y se marcharon los cuatro fuera de la sala. Edward pidió la llave a Rosalie y cerró la puerta tras de él. Después se la devolvió. Ella se la guardó pero lo pensó mejor y la dejó en una consola cercana para que alguien la viera y la cogiera.
Bajaron la escalinata y Rosalie les pidió que se marcharan, que necesitaba tiempo para pensar. Edward la ofreció quedarse, pero Rosalie le dijo que prefería estar sola, por lo que la besó y salió, seguido de Daniel y Elisabeth, que aconsejó a Rosalie que la llamara si necesitaba algo. Rosalie cerró la puerta y subió a su cuarto. Cuando doblaba la esquina, vio como una sombra se alejaba y desaparecía por la esquina. Se sintió indefensa y corrió a su cuarto, donde se encerró. Como medida de seguridad, empujó su cómoda y la colocó bloqueando la puerta. Después suspiró y cayó al suelo sentada. Comenzó a llorar de nuevo.

Al día siguiente, los periódicos de todo el país se despacharon a gusto con la historia del asesinato de Bellatrix Ridgway, la hermana de la millonaria señora Ridgway.

“Asesinato en la Mansión Ridgway”

“Ayer se informó a la redacción de nuestro periódica que, en el tranquilo pueblo de Kilmore Cove, se había cometido un asesinato a sangre fría que se había llevado la vida de Bellatrix Ridgway, la hermana de la archimillonaria Esmeralda Ridgway, esposa del conde Miguel de Monte-Carlo. La mujer fue hallada bajo el acantilado de Mermaid Cale, totalmente desangrada y atravesada en una roca. Tenía un golpe en la cabeza y la pierna derecha rota. La mujer no presentaba signos de maltrato alguno, aunque si se puede asegurar que no fue una caída accidental desde el acantilado, ya que el borde de su cumbre se halla rodeado por una valla de mármol y la mujer cayó de espaldas, sin duda intentando defenderse. Se sabe que la noche en que la fallecida fue asesinada se estaba en la casa celebrando un festejo, una fiesta de cumpleaños en concreto, de la señora Ridgway, que cumplía treinta y ocho años. La policía cree que alguno de los invitados a la fiesta fue el asesino, aunque tienes una pequeña complicación: a la fiesta asistieron todos los habitantes del pueblo anteriormente citado, Kilmore Cove. Las investigaciones todavía no tienen una base clara por la que empezara buscar. Lo que si está claro, es que en la Mansión Ridgway ocurrió algo hace dos días que cambió por completo la historia de esa familia.”

Edward terminó de leer el artículo del periódico y lo arrojó al suelo. Sabía lo que pasaría ahora. Todo el pueblo debería ir a testificar por la muerte de una que merecía morir y después la prensa acribillaría a Rosalie y su madre con preguntas. Seguro que alguien había oído hablar al comisario del asunto y había ido a decírselo al periódico más cercano y después a otro y otro para sacar tajada de la jugada. Subió a su cuarto y se vistió con unos pantalones cortos y una camiseta roja sin mangas, se puso sus deportivas y dijo a su madre que se iba a correr un poco por el paseo marítimo. Ella le dejó y Edward salió de su casa. Fue haciendo footing hasta la playa y allí empezó a correr. El viento le azotaba en la cara y le revolvía le pelo, ondulándoselo. Él no hacía caso de ese pequeño contratiempo y seguía corriendo. Pasada una hora se paró y vio donde estaba. A su derecha quedaba el pueblo, a su izquierda Mermaid Cale y más playa por recorrer. Miró hacia la casa. Bajó la mirada y decidió darse un baño. Se descalzó y se quitó la camiseta. Después se zambulló en el agua fría del mar. Nadó hasta el límite permitido y allí se quedó flotando, pensando en lo que le había ocurrido en apenas 48 horas. Se asustó al pensar de nuevo en el cadáver de la tía de Rosalie y decidió centrar sus pensamientos en su novia.
La veía sonriente, con el pelo recogido y con un simple vestido blanco.
Buceó un poco para ver la fauna y flora marina.
Él llevaba unos pantalones beige y una camisa blanca
Poco a poco empezó a nadar hacia tierra para tumbarse en la arena.
Se imaginaba a Rosalie esperándole en la otra punta de la playa.
Ya le faltaba poco para alcanzar la orilla.
Él corría para cogerla en brazos.
Aceleró un poco.
Ella reía y le urgía a que se acercase.
Ya tocaba el fondo con los pies.
La tenía casi en sus brazos.
Salió del agua empapado.
Rosalie gritó.
Al principio no le dio importancia. Pensó que era producto de su imaginación.
Pero volvió a oír un chillido.
Se dio la vuelta y vio Esmeralda Ridgway sentada al volante de un coche de marca Aston Martin que bajaba a toda velocidad por la cuesta del acantilado. Giró bruscamente el volante y acabó conduciendo y derrapando hacia Edward. Le gritó “¡Aparta!” e intentó frenar, pero no pudo. El coche se salió del camino y saltó. Iba a caer sobre la playa. Justo encima de Edward. Él se apartó de un salto en el momento justo. El coche cayó en el sitio en que había estado apenas una segundo antes el adolescente. Edward se levantó rápidamente y fue a socorrer a la madre de su novia. Intentó abrir la puerta pero estaba atrancada. Esmeralda estaba inconsciente, con un feo golpe en la cabeza que le sangraba un poco. Edward intentó abrir la puerta del copiloto, que cedió ante su fuerza. La abrió y agarró del brazo a la señora Ridgway. Tiró de ella y poco a poco la fue sacando del automóvil. De repente notó algo húmedo en el pie. Bajó la vista y vio gasolina. Tragó saliva y tiró con más fuerza si cabía del brazo de la mujer. Al final tuvo el cuerpo fuera y pudo cogerlo en brazos y echar a correr. Unos segundos después el coche explotó. “Menudo desperdicio de automóvil” pensó Edward. Después dejó a la señora Ridgway en la arena y fue a por sus deportivas. Afortunadamente, seguían en buen estado. La explosión no las había alcanzado. Volvió junto a la mujer, que se había sentado en la arena y miraba el que unos segundos antes era su coche, ahora pasto de las llamas. Edward la preguntó:
-¿Está bien señora Ridgway?
-Si creo. Por favor, llámame Esmeralda- después le miró mejor y le dijo- ¿No eres tú Edward, el novio de Rosalie?
-Así es.
-Gracias por todo.
-No hay de que. ¿Qué la ocurrió?
-Pues que…perdí el control.
-Ah- “Menuda trola me ha intentado meter. Esta se quería suicidar” pensó Edward.
De repente, otro coche bajó por la rampa del acantilado y se paró ante ellos. De él bajaron Rosalie y Adrián, el chofer, listos para ayudarles a subir a Ridgway Hall.

Rosalie había pasado todo el día en su cuarto, sin hacer nada, dejando pasar el tiempo en horas muertas y bajando tan sólo a comer. Después había vuelto a su cuarto. Se había quedado mirando la ventana. De repente, había visto a Edward correr por la playa y meterse en el agua. Después había oído a su madre que se iba y que volvería tarde. Ella apenas le contestó un “vale”, concentrada como estaba en asuntas más importantes. Esmeralda la ofreció acompañarla. Rosalie rechazó la invitación. Esmeralda volvió a insistir tres veces más, y ella no cambió de opinión, por lo que su madre se marchó enfadada. Escuchó un coche salir pitando y después silencio. De repente, había visto como Edward saltaba a un lado y el coche de su madre caía a la playa. Había corrido a por Adrián y le había contado lo sucedido. El chofer no dudó un momento en elegir el coche: un Volvo que era rápido como un rayo y que los llevó cuesta abajo en un santiamén. Tras subir a la pareja y a la mujer a la casa, Adrián llamó a la grúa de la ciudad más cercana para que retiraran el coche de la playa.
Ahora estaban en el salón de té ella y Edward, al que había prestado una toalla. Adrián conversaba con ellos. El médico entró y les dijo que Esmeralda sólo tenía un golpe. Todos se relajaron y el doctor se despidió. El chofer se marchó también y ofreció a Edward la oportunidad de que le llevara a casa. Él aceptó y besó a Rosalie antes de irse, además de devolverla la toalla. Ella le dijo que mañana quedaran a las 6 allí para volver a “allí”. Él lo captó enseguida y dijo que llamaría Elisabeth y Daniel. La bajada fue rápida y en apenas 5 minutos Edward se encontró en casa. Se despidió de Adrián y entró. Su madre le dijo que habían encontrado un coche de los Ridgway en la playa. Él se mostró sorprendido y su madre le dijo que Esmeralda había perdido el control del vehículo. Él se excusó con la cantinela “me tengo que duchar” y se fue. Subió a su cuarto y cogió una muda para cambiarse. Se metió en el cuarto de baño y cerró en la puerta. La ducha le ayudaría a pensar en lo que esa tarde había ocurrido.
Al día siguiente comentó lo ocurrido con Daniel y Elisabeth y les dijo lo referente a la cita de esa tarde. Las horas pasaron muy rápido y pronto los tres se encontraron ante Ridgway Hall de nuevo. La tarde era oscura, sin sol y plagada de nubarrones. Parecía que de pronto había anochecido. Rosalie les abrió la puerta y les dejó pasar. Había vuelto a sisar la llave de la biblioteca y allí fueron los cuatro. Se encerraron y debatieron sobre las causas de los sucesos de la tarde anterior durante 1 hora.
-Tu madre se quería suicidar, estoy seguro.
-¿Entonces, cuando me pidió que fuera con ella…?
-Yo creo que sí.
-Se le ha ido la chaveta.
-Dios mío.
-Debemos ir a buscar respuestas.
-Y además ahora mismo.
Los cuatro salieron de la biblioteca y la volvieron a cerrar. De repente escucharon un gemido lastimero. Se paralizaron y recorrieron el pasillo a paso lento y sin hacer ruido. Poco a poco vislumbraron la escalinata. El extremo opuesto estaba envuelto en sombras. A continuación se asomaron al vestíbulo. Allí yacía Gustavo, el mayordomo, vestido con un chaquetón y con un tajo en medio del pecho, que sangraba abundantemente. Todos bajaron corriendo y se arrodillaron ante él. Una sombra que estaba en el lado opuesto de la escalinata al que habían estado ellos un segundo antes, cambió de lugar y corrió al otro extremo. Los chicos ni se percataron. Chillaban pidiendo ayuda, pero nadie acudía.
-¡Mierda! Hoy el servicio tiene el día libre. Justo hoy…El pobre Gustavo iba a irse ahora mismo seguro- dijo Rosalie.
De repente escucharon un ruido escaleras arriba y todos, sobresaltados, se levantaron.
En la parte superior de la escalinata estaba Esmeralda Ridgway, en cuya mano brillaba un hacha ensangrentada.

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