Capítulo Octavo
La caída de Ridgway Hall
Esmeralda Ridgway caminaba regia y altiva con el hacha en la mano. Sabía que tarde o temprano los chicos esconderían a las chicas y se intentarían enfrentar a ella. Sonrió ante la posibilidad de que la vencieran. Era muy remota. De repente, escuchó un entrechocar de metales y se paró. Miró a los lados y vio las armaduras. Les faltaban piezas. Así que esa era la treta con que la iban a “vencer”. Usando armas medievales falsas que se partirían al más mínimo golpe de su hacha. Previsora, cogió un escudo con la mano izquierda y siguió caminando. Entonces aparecieron corriendo hacia ella. Edward y Daniel. Con unos escudos y con una espada y una lanza. Esa era su defensa. Se rió para sus adentros y colocó el escudo tras ella. Tal vez no lo hubieran visto. Ellos atacaron, Edward levantado su espada y Daniel estirando su lanza. Esmeralda esquivó la trayectoria de la lanza y repelió el golpe de espada. A continuación se giró. A la espalda de los chicos quedaba el vestíbulo en llamas. Empezó a andar y ellos volvieron a atacar. Al fin sacó el escudo y con él empujó a Edward, que cayó hacia atrás en mitad del pasillo, mientras que de un certero hachazo partía la lanza por la mitad. Daniel retrocedió corriendo y ayudó a Edward a levantarse. Ahora solamente les quedaba un escudo para defenderse, ya que la lanza estaba partida y la espada y uno de los escudos doblados. Daniel se colocó el primero sujetando el escudo con Edward tras él, desprotegido. De repente, el suelo bajó ellos tembló y las tablas de madera empezaron a crujir. Esmeralda se retiró en el momento justo en que el suelo se derrumbaba bajó los chicos, dejándolos a merced de las llamas rojas que crepitaban abajo. Se giró y empezó a buscar a las chicas. Entonces escuchó voces fuera y vio a los habitantes del pueblo ante su casa, intentando entrar. “Su presencia no me detendrá” dijo para sus adentros la mujer.
Los habitantes de Kilmore Cove habían rodeado el perímetro de la casa intentado encontrar una ventana o puerta abiertas, pero todo estaba bajo llave. Entonces habían decidido volver ante la puerta principal. Habían derrumbado una estatua y en esos momentos la usaban de arriete para derrumbar el portón de entrada de la mansión. La cabeza de la estatua de mármol se partió, pero los hombres del pueblo no pararon en su empeño. Por fin, la puerta empezó a crujir y se derribó hacia dentro. Cuando pudieron acercarse, lo primero que vieron fue el cuerpo de Gustavo, el mayordomo, con la lámpara de cristal del vestíbulo encima y con un enorme tajo en el pecho. Las mujeres gritaron al pensar en lo que podría haberles pasado a los jóvenes allí atrapados. Los esfuerzos que habían gastado en derribar la puerta no les iban a servir para nada: el vestíbulo estaba siendo consumido por las llamas. De repente los ventanales laterales reventaron y una lluvia de diamantes afilados cayó sobre los habitantes de la bahía. Debían sacar de inmediato a los chicos de aquel infierno.
Rosalie y Elisabeth estaban cogidas de las manos y acurrucadas en un rincón del dormitorio. Habían escuchado el derrumbamiento del suelo y después unos golpes que provenían de fuera (los habitantes de Kilmore Cove) que las habían asustado aún más. Hacía rato que sólo oían crujir a la casa y habían empezado a relajarse. De repente, el pomo de su puerta empezó a moverse y ellas a temblar. Alguien intentaba entrar, pero no contaba con el cerrojo y la cómoda.
-¿Chicos?
-Hola Rosalie- dijo Esmeralda desde fuera.
Las chicas gritaron y la mujer rió. Las tenía atrapadas. Empezó a asestar hachazos a la puerta del dormitorio mientras las chicas se desgañitaban pidiendo ayuda. Poco a poco la madera cedió y pudo asomar la cabeza por el hueco que había hecho. Vio a las chicas y ellas la vieron a ella, por lo que chillaron aún más. Siguió asestando golpes hasta crear un hueco suficiente como para meter el brazo. Descorrió el cerrojo de la puerta.
-Un obstáculo menos- dijo.
Las chicas estaban fuera de sí, abrazadas y tiradas en el suelo. Rosalie vio como su madre empezaba a hacer astillas la cómoda y supo que nada la detendría.
-¿Sabéis donde están vuestros amigos?- ellas negaron de lo asustadas que estaban- Tranquilas, yo os lo diré. Ahora mismo se estarán pudriendo en el fondo del infierno, ¿sabéis porque?- las chicas empezaron a llorar al oír la suerte de sus respectivos novios- Porque el suelo se derrumbó bajó ellos y el fuego los habrá calcinado. ¿No es genial? Así me ahorro el matarlos también a ellos. Pero tranquilas, vosotras no os vais a salvar- dicho esto empezó a asestar golpes tan fuerte que con apenas dos había ya partido la superficie de madera de la cómoda.
Rosalie se intentó calmar y poco a poco se levantó. Cogió a Elisabeth y tiró de ella para que se levantara. La chica la obedeció y se quedaron mirando a la mujer, que las preguntó:
-¿Dónde os creéis que vais?
Ellas la ignoraron y se encaminaron al balcón y en él se quedaron. Rosalie dijo:
-Saltemos.
-Moriremos igual. El tejado de la terraza es frágil, se rasgará. Y además, la caída es enorme.
-¿Es que prefieres esto?- dijo Rosalie señalando hacia atrás.
-No.
Las dos se cogieron de las manos y se subieron al borde de mármol. De repente notaron que tiraban de ellas hacia atrás y pensaron que iban a morir. En vez de eso, notaron como se elevaban t de repente bajó ellas quedó el balcón con Esmeralda Ridgway blandiendo el hacha. La mujer gritaba de rabia. Se metió de nuevo en la casa y ellas aterrizaron en el alféizar de una ventana.
-¿Estáis bien?- las preguntó una voz.
Ellas se volvieron y vieron a Edward y Daniel con expresión preocupada. Se miraran y se lanzaron a sus brazos. Ellos las correspondieron hasta que Rosalie dijo.
-¿Qué os ha pasado?
-Veréis, Esmeralda nos arrinconó y el suelo se nos vino abajo. Por fortuna, el trozo derrumbado estaba al lado de una lámpara, por lo que nos quedamos colgados de ella hasta que Esmeralda se fue. Después pudimos volver a subir. Comenzamos a andar y la vimos dando hachazos a la puerta del dormitorio donde estabais. Buscamos unas escaleras y subimos. Acto Seguido buscamos la habitación que estaba justo encima vuestra y, con unas sábanas y unos hierrajos- dijo señalando lo que las chicas llevaban enganchado en sus camisas- creamos esta “grúa”. Además, todo el pueblo ha venido a salvarnos.
-¡Sois geniales!
-Esa es la parte buena. La mala es que la parte oeste de la casa está ardiendo y pronto el fuego llegará hasta donde nos encontramos. Debemos movernos rápido y buscando con la mayor rapidez un modo de llegar a la torre.
-Entonces por aquí- indicó Rosalie. La siguieron en silencio, intentando respirar la menor cantidad de humo. Llegaron a una pequeña escalerita de caracol y subieron por ella. Llegaron a un rellano en el que había un sofá y otra escalera de caracol.
-Ayudadme- dijo Daniel.
Los cuatro arrastraron el sofá hasta la boca de la escalera por la que acababan de subir y lo encajaron lo máximo que pudieron. Después subieron por la otra hasta llegar a la sala más alta de la torre, que estaba dos niveles más arriba. El esos dos niveles habían realizado la misma operación con los muebles que habían ido encontrando: una mesa y otro sofá. Ya en la sala más alta, empezaron a escuchar los golpes que producía el hacha de Esmeralda contra el primero de los sillones. Tenían tiempo de sobra para escapar. Abrieron una ventana y se asomaron. Vieron a los sus vecinos y empezaron a gritar:
-¡Aquí!
-¡Hola!
-¡Estamos aquí!
-¡Ayuda!
La gente les vio y llamaron a los padres de los tres de Kilmore Cove y a la abuela de Rosalie. Ellos los saludaron. De pronto, oyeron a Esmeralda partiendo la mesa. Debían irse ya.
Edward fue el primero en descolgarse por la ventana, seguido de Daniel, Elisabeth y Rosalie. Los cuatro llegaron a la parte superior del tejado y desde allí empezaron a moverse lejos de la torre. Llegaron a una chimenea y allí se quedaron apoyados mientras que los aldeanos iban en busca de una escalera de metal. De pronto, Esmeralda Ridgway apareció por la ventana con el hacha. Salió de un salto toda ensangrentada y comenzó a acercarse a los chicos. Ellos se pusieron en pie y huyeron lo más rápido que pudieron por el tejado. Edward iba el último del grupo. Miró adelante y vio que el camino se acababa. Entonces Esmeralda llegaría y los mataría a cada uno de ellos. Se dio la vuelta y caminó hacia Esmeralda, arrancando la veleta del tejado para defenderse. La gente y sus amigos le decían que se diera la vuelta. Él los ignoraba. Cuando se encontraron, se miraron fijamente. Entonces Esmeralda atacó y Edward aguantó la caída del hacha con la veleta. Repelió el golpe y se puso recto. Ella se encorvó por el rechazó pero no se cayó. Le volvió a atacar, esta vez desde abajo. Edward pudo esquivarlo, pero el filo del hacha le arañó el brazo, haciéndole una enorme herida por la pronto empezó a manar sangre. El chico se encorvó. Esmeralda vio su triunfo y levantó el hacha por encima de su cabeza para asestar el golpe final al chico. De pronto, Edward a largó el brazo y la clavó en el estómago el pico de la veleta. Esmeralda gritó de dolor y soltó el arma, que cogió Edward al vuelo. La mujer se encogió de dolor pero aún pudo levantar la cabeza y sonreír burlona:
-Mátame si eres hombre- y se rió.
Edward la miró y supo lo que debía hacer. La asestó un golpe en el lateral del abdomen con el culo del hacha y la mujer comenzó a caer del tajado por la parte contraria a la de los habitantes del pueblo. Chilló e intentó agarrase a las tejas, pero esta se rompían. Cuando los habitantes de Kilmore Cove llegaron al lado trasero de la mansión hallaron el cuerpo inerte de Esmeralda Ridgway. Todos respiraron tranquilos. Parte de la pesadilla había acabado ya. Todavía quedaba apagar el incendio de la casa y rescatar a los niños. Edward se reunió con sus amigos al final del tejado, que lo recibieron con vítores y aplausos.
Al final llevaron una escalera por la que los adolescentes pudieron al fina bajar al suelo y abrazar a sus familias. Edward soltó el hacha al lado del cadáver de Esmeralda y se acercó a la gente que había ido a salvarlos.
Un dedo se movió.
Todos reían y se organizaban para traer agua.
El brazo se movió y la agarró.
Nadie prestaba atención al cuerpo que a unos metros descansaba en el suelo.
El cuerpo se levantó despacio y a gatas.
Edward quedaba en un lateral del grupo.
Y todo ocurrió muy rápido. Esmeralda levantó el hacha para descargar el golpe sobre la cabeza de Edward. Éste se giró y se quedó paralizado. Iba a morir. La gente se quedó de piedra y no pudo moverse. De pronto la torre que Bellatrix había mandado construir crujió y se partió, con lenguas de fuego saliendo por donde quier. Esmeralda chilló pero no soltó el hacha, dispuesta a perder ganado. Bajó el arma con fuerza en el momento que la torre se le venía encima. Edward gimió y se derrumbó. Daniel tiró de él para apartarlo del infierno de llamas bajo el que se oían los gritos de Esmeralda Ridgway, que pronto se apagaron. Las gentes se echaron en masa hacia el chico herido. Él estaba inconsciente. Notó como lo izaban y se lo llevaban, montándolo en un vehículo.
Rosalie se quedó junto a su abuela incapaz de moverse. El chico al que amaba iba a morir. Seguro. No pudo reprimir el impulso de llorar y, acompañada de su abuela, se marcharon a casa de la anciana mientras el resto del pueblo apagaba el incendio de la mansión. Pronto solamente quedó un armazón negro. Justo en el centro de los destrozos brillaba una esmeralda. Elisabeth la recogió y la apretó. Se imaginó a Bellatrix Ridgway, hecha espíritu, ayudándoles a sobrevivir y al final tirando al torre encima de su hermana. Una pequeña venganza personal. Elisabeth murmuró un inaudible “Gracias Bella” y después se acercó al borde del acantilado. Desde allí el viento la alborotaba el cabello y la hacía cosquillas en el cuello. Alargó la mano y la abrió, dejando que la gema verde brillante cayera. La escuchó golpetear contra la roca. Después tan sólo el romper de las olas contra el acantilado ahogó el sonido de la esmeralda al caer dentro del agua marina. Notó el brazo de Daniel sobre sus hombros. Le miró y le sonrió. Ahora debían ir al hospital con Rosalie. Alguien los necesitaba.

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