Capítulo Sexto: A vida o muerte

Capítulo Sexto
A vida o muerte

La mujer sonreía socarronamente, con un brillo diabólico en los desorbitados ojos. Lucía un vestido corto y de color blanco, todo manchado de sangre, como si Gustavo se hubiese intentado defender pero en vano. El pelo lo llevaba todo despeinado y la cara, maquillada con diminutas gotas de color carmesí. El hacha, de madera y con una hoja de acero afilado al extremo, colgaba de su mano derecha flácido y goteando sangre.
Los chicos se quedaron paralizados alrededor del inerte cuerpo de Gustavo. Ante la visión de la mujer que quería matarlos se echaron hacia atrás de manera instintiva hasta tocar la pared del vestíbulo, que de pronto no les parecía nada acogedor. Edward pudo tragar saliva y gritar:
-¡Qué pretende!
-¿No es evidente?- le contestó la mujer con voz dulce- Habéis descubierto mi mayor secreto, la vergüenza de esta familia.
-Si te estás refiriendo a mi hermano Simon, más te vale que te calles mamá- explotó Rosalie.
-¿Quieres que te cuente toda la verdad? Resulta que tu padre y tuvimos un hijo antes que tú. Antes de que naciera ya nos lo imaginábamos hermoso e inteligente. Le pusimos nombre en cuanto supimos que éramos padres. Toda la familia le esperaba, impaciente: tu tía, tus abuelos,  tu padre y yo. El día del parto todos fueron al hospital. Estuve apenas 3 horas hasta que nació. Cuando lo vi, lo abracé emocionada. Poco después lo metieron en una incubadora para comprobar que no tenía nada- Esmeralda se iba poco a poco acercando a la pared de la izquierda, mientras los chicos seguían contra la pared- Una semana después del parto me dijeron que estaba mal. Enseguida hablé con los familiares y decidimos darlo en adopción- Rosalie puso cara de espanto- No te sorprenda querida, eso ha pasado muchas veces a lo largo de la historia de nuestra familia. Lo malo se desecha y se coge lo bueno. Lo malo de todo esto fue que, durante la época de mi embarazo, unos artistas pintaron el fresco de la biblioteca, así que cuando Simon nació, clausuramos la sala y por si acaso tapamos el fresco del techo, en el que ya figuraba tu nombre. Tu tía nunca aprobó la adopción del pequeño, así que decidió aprovecharse de la situación u chantajear a tu padre y a mí con contarlo a todos lo periódicos del país, cosa que no podíamos permitir. Así estuvimos hasta la fiesta de mi cumpleaños- de repente sacó de su bolsillo una esmeralda.
-Donde la mataste- dijo Rosalie, mirando la piedra- El día después de tu cumpleaños tu habitación estaba desordenada. Intentaste esconder las esmeralda del collar de la tía en el revoltijo, pero yo las vi, sin darles importancia. Las del collar. El collar que la tía llevaba el día de la fiesta.
-En efecto. Estaba harta de su chantaje, así que fui hasta la cocina, cerré la puerta, me descalcé y me acerqué hasta ella por detrás sin hacer ruido. Se giró lo justo para verme y que yo sin querer la rompiera el collar. Pero la cosa se complicó cuando me enteré de que habíais entrado en la biblioteca. Para que no sospecharais, no os dije nada, pero intenté matar a Rosalie invitándola a ir conmigo a la ciudad. Observé que estaba mirando a alguien por la ventana. A ti, Edward. Te estabas bañando en la playa. Como me dijo que no, decidí “aguarla la fiesta” y acabé en la playa, fingiendo haber perdido el control, aunque mi intención hubiese sido acabar con ese muchacho- dijo señalando a Edward.
-Sois un monstruo- dijo Elisabeth.
-¿Y qué más da, querida? Nadie sabrá nunca el mayor secreto de la familia Ridgway, porque vosotros no vais a decir nada.
-¿Perdone?
-Con que mires el objeto que porto en la mano lo entenderás- dijo Esmeralda moviendo el hacha.
Elisabeth empezó a temblar y corrió hacia el portón de entrada. Los demás la imitaron Y Esmeralda no movió un músculo. La puerta estaba cerrada. Y la llave partida. No había escapatoria alguna. La mujer comenzó a reírse y los cuatro se giraron.
-¡Morid!- gritó Esmeralda Ridgway. De repente extendió su brazo izquierdo y de un golpe partió una cadena de acero que se unía al techo. Edward miró hacia arriba y la araña de cristal se tambaleó. Él gritó:
-¡¡CORRED!!
Todos corrieron hacia la cocina en el justo momento en que la lámpara caía con estrépito al suelo encima de Gustavo y se partía en múltiples pedazos. Las esquirlas de cristal brotaron de todas partes y dañaron los brazos de los chicos, que corrían. Las velas cayeron por el suelo y se apagaron, todas menos una que rodó hacia la pared y prendió una cortina. Esmeralda corrió tras los chicos. Ellos se encerraron en la cocina e intentaron abrir la puerta trasera. De pronto un golpe los hizo darse la puerta. Esmeralda intentaba abrirse paso hacia la cocina a  base de hachazos. Las chicas chillaron e intentaron abrir con mayor urgencia la puerta, pero esta no cedió. Entonces Rosalie les indicó con el dedo otra puerta que se les había pasado desapercibida. Corrieron hacia ella y la abrieron de un golpe. Estaban en el pasillo que daba a los aposentos de los criados. Corrieron por el pasillo y volvieron a cerrar la puerta tras ellos, atrancándola con una silla, a pasar de que no resistiría. Elisabeth se derrumbó sollozando y Daniel la obligó a levantarse tirándole del brazo. Cuando al final pudo calmarse, escucharon un golpe en la puerta por la que acababan de pasar. Esmeralda Ridgway había entrado en la cocina e intentaba derribar la segunda puerta. Los cuatro chicos corrieron hasta el final del pasillo con Rosalie a la cabeza. Allí giraron a la derecha y se encontraron en el comedor.
-Tu casa es un maldito laberinto, Rosalie- dijo Daniel.
-Entonces, aprovechémosla para escondernos- sugirió Edward.
Rosalie salió del comedor y cerró la puerta también, pero esta era de cristal, por lo que el demonio que los perseguía tardaría 2 segundos en derribarla. Siguieron corriendo y llegaron al vestíbulo, en donde el incendio se había extendido por toda la pared de la puerta de entrada, abrasando un tapiz que colgaba encima de la puerta. Rosalie condujo a sus amigos a la primera planta de la casa y los llevó a través de los pasillos. De repente escucharon cristales partiéndose. Esmeralda había salido del comedor. Rosalie los llevó con mayor urgencia a través de la laberíntica mansión y acabaron en un dormitorio. Rosalie los mandó entrar y cerró la puerta. Después los llevó al balcón. Desde allí podían saltar al tejado de la terraza exterior y después al suelo. A continuación podrían escapar del infierno de la casa. Pero, de pronto, Edward dijo:
-Separémonos.
-¡NO!- gritó Elisabeth, aterrada ante la idea de quedarse sola.
-Me refiero a que vosotras os escondáis y Daniel y yo intentemos plantar cara a tu madre, Rosalie.
-Sigue siendo una locura.
-Pero alguien sobreviviría- dicho esto se acercó a Rosalie y la besó. Daniel hizo lo propio con Elisabeth y después se encaminaron a la puerta de la habitación. Se giraron y sonrieron a las chicas. Después salieron.
Ellas se acercaron y atrancaron la puerta con una cómoda. Así se sentían más seguras en aquella casa.
Fuera del dormitorio, Edward y Daniel empezaron a caminar. Escuchaban a Esmeralda caminar. De repente, Edward vislumbró en la sombra varias armaduras. Se le iluminó el rostro. Se acercó a una y, con el mayor sigilo posible, la quitó la espada y el escudo. Daniel le imitó y cogió una lanza y otro escudo de la una armadura cercana a la de Edward. Cuando se miraron, se sintieron como caballeros medievales que iban a salvar a sus damiselas. Entonces lo olieron en donde se encontraban. El humo. El incendio debía de estar consumiendo el vestíbulo. Ya no podrían bajar. Tan sólo subir y esconderse. “A menos que encontremos un pasadizo o nos tiremos por una ventana” pensó Edward. Después perecerían todos. O degollados y calcinados. De una forma u otra, acabarían todos muertos en aquella maldita casa. De pronto, escucharon respirar a Esmeralda. Se escondieron tras una columna, a la espera de poder acabar con la criatura sedienta de sangre que les perseguía. Vislumbraron la sombra de la mujer. Entonces Edward se dio cuenta de que las armas que portaban él y su amigo no eran de hierro, sino de acero, ya que las empezó a notar demasiado ligeras. Vio el peligro que suponían. No resistirían más de dos golpes antes de romperse, dejándoles a merced del hacha de Esmeralda Ridgway.

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