Capítulo Cuarto
Un secreto desvelado
Rosalie se volvió a sus amigos antes de entrar. Edward asintió, Daniel la miró expectante y Elisabeth la agarró por el hombro. La joven empujó la puerta y un poco de luz entró en la habitación. Rosalie buscó el interruptor de la luz y lo accionó. La lámpara del techo se encendió poco a poco, iluminando toda la sala. Los demás terminaron de abrir la puerta y abrieron se quedaron mudos del asombro, al igual que Rosalie.
La sala era una biblioteca.
Tenía las cortinas corridas, por lo que Edward se adelantó para abrirlas. La luz exterior inundó la sala, que se encontraba en un estado deplorable. El suelo se hallaba cubierto por una capa de polvo bastante gruesa, que le daba un aspecto de felpudo a la alfombra persa que dominaba la estancia. En las estanterías se amontonaban las telas de araña, al igual que el la lámpara y las esquinas del techo. El techo. La parte superior de la habitación se hallaba cubierta por una sábana que en su época fue blanca, ahora gris. Eso extrañó a Edward, pero le quitó importancia. Los cuatro adolescentes se pasearon por la estancia, que les recordaba a una cápsula del tiempo ahora abierta.
Elisabeth fue la primera en acercarse a las estanterías. Cogió un volumen al azar y sopló para que el polvo que en la cubierta estaba acumulado desapareciera y pudiese leer el título. “Drácula” de Bram Stoker. Lo dejó en su sitio y a continuación limpió la placa de bronce que estaba en la parte frontal de la balda y que servía para identificar los libros allí colocados. Ponía “Historias de terror”. Sonrió y pasó a la siguiente balda.
Daniel y Edward, por el contrario, se habían concentrado en los pergaminos que estaban sobre una mesa cuya superficie era de mármol. Parecían tener muchos años, por lo que los chicos abrían cada uno de ellos con suma delicadeza. Algunos eran páginas arrancadas de libros, otros simples textos escritos en papel, otros dibujos y también fotografías antiguas y alguna que otra reciente de hacía unos años.
Rosalie se dedicaba a limpiar las placas de bronce y a intentar buscar sentido a la prohibición de sus padres. No le parecía justo que la hubieran, durante dieciséis años, impedido el acceso a una simple biblioteca. Pero si solamente era eso, una simple biblioteca, ¿por qué había tenido que recurrir al robo de la llave y a introducirse en la sala a escondidas? Todas aquellas preguntas desconcertaban a Rosalie y la hacían pensar que, en algún lugar de esa habitación, se encontraba la respuesta que buscaba. La causa con que su asquerosa tía (ahora muerta) martirizaba y chantajeaba a sus padres. La respuesta que siempre había estado buscando.
Estuvieron indagando durante una hora, hasta que la madre de Edward le llamó al móvil para saber donde estaba. Lo mismo les ocurrió a Elisabeth y Daniel. Los tres se debían ir a comer con sus respectivas familias. Rosalie les dijo que, por favor, después de comer, volvieran. Ellos accedieron de buen grado y se fueron, menos Edward.
-¿Qué te ocurre?- le preguntó Rosalie. Él, como respuesta, la besó y se fue corriendo. Rosalie sonrió. De repente, el día no parecía tan malo.
Edward se reunió con Elisabeth y Daniel y bajó con ellos por las escaleras del acantilado.
-¿Qué, lo has hecho?- le preguntó Daniel.
-Si.
-¿Y qué te ha dicho?
-Nada, he salido corriendo.
-Menudo gallina- se carcajeó Daniel.
-¿De qué habláis?
-De que Edward ha besado a Rosalie.
-¿En serio?- dijo Elisabeth cogiendo su móvil.
-¿Qué vas a hacer?- le preguntó Edward.
-¿Tú que crees? Llamar a Rose.
Elisabeth marcó un número y esperó.
-¿Rosalie? Soy Elisabeth. ¿Te ha besado Edward? ¿De verdad? ¡Qué dices! ¿En serio?
Elisabeth se fue quedando rezagada, por lo que los chicos siguieron hacia delante sin ella, mientras la oían cotorrear y cotillear sobre si Edward besaba bien o no. Él iba serio, lo que no podía decirse de Daniel, que apenas podía hablar de la risa.
******
Pasó una hora y Rosalie ya había terminado de comer. Se encontraba en su cuarto, sentada sobra la cama, pensando en todas las revelaciones del día presente: la muerte de su tía Bellatrix, la sala secreta, el beso de Edward… Se ruborizó al pensar de nuevo en ello y se imaginó como “Bella” en la saga de “Crepúsculo”, cuando besaba a su vampiro, llamado también Edward. De repente, ese era el nombre que más le gustaba. Cogió un papel y empezó a escribirlo una y otra vez de distintas formas:
Edward Edward Edward Edward Edward
Así se la pasó el tiempo hasta que de nuevo sonó el timbre de la puerta.
Bajó corriendo las escaleras y abrió la puerta. Allí estaban sus amigos y su ángel. Totalmente colorado pero luciendo esa sonrisa que lo hacía tan seductor e irresistible. Pasaron a dentro Elisabeth y Daniel y empujaron a fuera a Rosalie, cerrando la puerta tras de ella. Daniel sentía un poco de envidia de Edward, ya que Rosalie siempre la había gustado, pero, estando ahora con Elisabeth, veía lo hermosa e inteligente que era y de pronto se olvidó de Rosalie. Dejó de sentir envidia y notó cosquillas en el estómago. Cogió de las manos a Elisabeth y ella se dejó coger. La sonrió y ella le devolvió la sonrisa. Daniel supo enseguida que ella sentía lo mismo por él. Sellaron ese momento, al igual que Edward y Rosalie, sin decir palabra alguna.
Cuando ya todos se dejaron de declaraciones de amor, volvieron a subir a la biblioteca secreta, cada pareja cogida de la mano. Rosalie la había cerrada como medida de seguridad, para que nadie se diera cuenta de que habían entrado.
Volvió a abrir y entraron en la sala. Cuando todos pasaron cerró de nuevo la puerta. La corriente de aire que generó al hacerlo subió hasta el techo y movió la sábana, dejando durante un segundo un nombre a la vista: Rosalie.
Edward avisó a los demás de lo que había visto y se acercó a la estantería del fondo, donde había una escalera. La cogió y la apoyó en la pared. Pidió a sus amigos que la sujetaran para que el pudiera subir. Ellos se aproximaron y la cogieron con firmeza mientras él escalaba. Llegó hasta arriba y desenganchó una esquina de la sábana. Acto seguido tiró del resto y la tela cayó al suelo levantando una nube de polvo. Cuando el polvo descendió, Edward bajó por la escalera y junto a sus amigos, miró al techo.
Allí había pintado un árbol genealógico de la familia Ridgway.
Ese era el significado de la expresión “libro-arriba”.
El techo de la biblioteca.
Lo habían dibujado con la técnica del óleo y representaba a toda la dinastía Ridgway desde que el primero de sus antepasados llegara a la bahía. Rosalie miraba embelesada los nombres hasta que llegó a “Esmeralda y Miguel”, sus padres. Siguió bajando y se quedó sin habla: de sus padres nacían dos ramas, en una ponía Rosalie y en la otra Simon.
Ese era el secreto.
La causa del chantaje.
La prohibición de entrar en la biblioteca.
La causa de la desesperación de sus padres.
Rosalie tenía un hermano secreto.

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