Capítulo Segundo
La Fiesta
El día del cumpleaños de la madre de Rosalie amaneció despejado y con un sol radiante que prometía que la velada de esa noche se celebraría en los jardines de la finca. El viento soplaba levemente, moviendo apenas las hojas de los sicomoros del jardín italiano de la finca Ridgway. Las fuentes con estatuas griegas echaban agua y los bancos de mármol relucían a la luz del sol. En la parte este de la casa se estaba desplegando una carpa que protegería de la lluvia a los invitados si llegaba a llover en medio de la velada. Eran las 12 de la mañana cuando Rosalie dio a su madre su regalo: dos billetes de avión para que las dos se fueran a París a ver a su padre. Esmeralda sonrió pero la tristeza invadió su cara y confesó a su hija:
-Imagínate si dejáramos a tu tía sola en casa, lo que podría ocurrir…
Rosalie se entristeció mucho, dándose cuenta de que su madre tenía razón. Para terminar con ese momento de tristeza, entregó a su madre el segundo y último regalo que la había comprado hacía dos días: una gargantilla como le gustaban a su madre, de oro con un diamante en el que había grabadas una “E” y una “R”. Esmeralda prometió a su hija que se lo pondría esa noche para la fiesta. Aquella promesa hizo sonreír a Rosalie, pero su sonrisa se esfumó cuando al doblar la esquina apareció su tía con un nuevo modelito que seguramente se había comprado el día que Rosalie la vio. Se acercó a ellas y entregó Esmeralda un estuche, que contenía un collar de perlas auténticas y un par de pendientes de diamantes que tenían una perla en el centro.
-No me des las gracias, tan sólo póntelos esta noche con el regalo de Rosalie. Así te convertirás en la estrella de la noche- y se alejó carcajeándose. Madre e hija se miraron con un atisbo de sospecha en los ojos y se marcharon a ver como iban los preparativos de la fiesta en dirección opuesta a la tomada por Bellatrix.
Llegó la hora de la fiesta y las tres mujeres de la casa bajaron a recibir a los invitados. Esmeralda se había puesto un vaporoso vestido de seda roja que resaltaba sus facciones y que hacía, sobre todo, llamar la atención sobre la gargantilla que Rosalie le había regalado. Rosalie se había puesto para la ocasión un vestido de color azul cielo que le llegaba por encima de las rodillas, y que había conjuntado con unos tacones blancos con un lazo y unos pendientes de diamantes. Llevaba el pelo elegantemente recogido en un moño alto que se sujetaba con una peineta de esmeraldas. Bellatrix se había puesto un pantalón negro y unas sandalias de tacón que conjuntaban con el corpiño blanco de pedrería y el collar de esmeraldas. Se había maquillado mucho, mientras que Rosalie y su madre apenas se habían pintado los labios y un poco los ojos.
Los primero invitados en llegar fueron Edward con su familia, a la que siguieron las familias de Elisabeth y Daniel. Después de ellos, fueron llegando poco a poco todos los habitantes de Kilmore Cove para la que sería la fiesta del mes. Las anfitrionas recibían a los invitados, les rogaban que dejaran el presente para Esmeralda en una mesa y que fueran pasando a los salones y a la carpa, donde les esperaban deliciosos tentempiés venidos de todas partes del mundo. En todas partes de la planta baja de la mansión sonaban la música, las risas y conversaciones y los cubiertos de plata.
Ridgway Hall hervía de felicidad.
Todos parecían contentos, excepto Bellatrix. Se mostraba cordial, pero no compartía la alegría del festejo como los demás, así que salió al jardín cuando ya era de noche y se acercó por el lado oeste de la mansión a la barandilla de mármol que bordeaba el acantilado.
Alguien se disculpó y abandonó una conversación. Pasos que iban del salón a la parte oeste. El ruido de una puerta al cerrarse y de unos zapatos al caer al suelo. El sonido de unos pies descalzos sobre la hierba, que llevaban a alguien hacia Bellatrix. Ella se dio cuanta en el último momento. Se giró y sintió el empujón en el pecho que la arrancó el collar de esmeraldas que llevaba. No pudo chillar ni defenderse. Tan sólo pareció que volaba.
La fiesta terminó a las 11 en punto, cuando todos empezaron a irse y la casa quedó en silencio. Esmeralda agarró a su hija de la mano para acompañarla a su cuarto. Ordenó a los criados que no limpiaran nada, que ya lo harían al día siguiente. Ellos se lo agradecieron y se retiraron a sus aposentos al lado de la cocina. La señora Ridgway subió la escalinata y entró en el cuarto de su hija, la echó en la cama y la arropó, sabedora de que Rosalie no tenía fuerzas para cambiarse. Apagó la luz y cerró la puerta. Ya fuera, se encaminó a su cuarto y pensó en donde estaría su hermana en esos momentos. En un repentino arranque de furia, se arrancó de cuajo el collar de perlas, que se desparramaron por el suelo. Las pateó y acto seguido las aplastó una por una con su zapato, llorando desconsoladamente al pensar en el pasado, antes de que Rosalie naciera. Cuando la señora Ridgway entró en su dormitorio, en el suelo, al lado de la puerta, había un pequeño montón de trozos de perlas.
A la mañana siguiente, Rosalie se despertó presa de horribles temblores que la sacudían. Había soñado… No, eso era imposible. No podría hacer algo así. Decidió olvidarse del asunto y se levantó. Vio que estaba todavía vestida con su vestido. “Seguramente mamá me trajo anoche” pensó Rosalie. Quería mucho a su madre, y odiaba verla sufrir. De repente, escuchó un gritito en el pasillo. Salió corriendo y abrió la puerta. Una de las criadas estaba al final del pasillo, enfrente del cuarto de su madre. La miró y la indicó por señas que se acercase hasta allí. Cuando llegó vio lo que había asustado a la criada: el collar que su tía había regalado a su madre yacía en el suelo roto y con las perlas partidas. Llamó a la puerta del dormitorio y la contestó una especie de gruñido:
-Entre.
Abrió la puerta y entró en el dormitorio de su madre seguida de la criada. Era un caos: la cama totalmente desecha; toda la ropa del armario por los suelos, y los zapatos fuera de su lugar; el tocador estaba hecho un desastre y el escritorio, donde yacía Esmeralda Ridgway, había sido despejado a base de tirar los útiles de papelería para colocar un portátil en su lugar. Rosalie y la criada se acercaron cautelosamente a la mujer. Ambas se temían lo peor, pero se tranquilizaron al ver que se movía. La criada ayudó a su señora:
-¡Señora! ¿Señora?
-Um… ¿Qué ocurre?
-¿Cómo se encuentra?
-Bien, ¿por?
-¿Qué le pasó anoche?
-Yo…bueno. Estaba buscando una cosa…-el tono evasivo de la mujer alertó a Rosalie de que lo que su madre había estado buscando era algo relacionada con lo que Bellatrix la chantajeaba. Miró hacia la pantalla del ordenador. En ella había un mensaje de su padre. “Debió de conectarse anoche para preguntarle algo” sospecho Rosalie. La joven buscó en la pantalla la conversación.
-“¿Dónde está?”
-“Te lo diré en clave para que, en caso de que Bellatrix encuentre este mensaje, se desconcierte.”
-“De acuerdo.”
-“Libro-arriba.”
-“Muy bien. Adiós cariño.”
-“Adiós. Dale un beso a Rosalie.”
Cuando la joven terminó de leer el mensaje, se arrodilló y buscó por el suelo un lápiz y un papel para apuntar la pista. Sabía que, en cuanto la criada dejara a su madre en la cama para que descansara, la echaría de allí, por lo que sólo poseía unos segundos. Halló el papel y el lápiz y anotó la pista: “libro-arriba”. Arrugó el trozo de papel y lo escondió en su mano derecha justo en el momento en que la criada la pedía que se marchara cortésmente. Ella salió del cuarto y corrió al suyo. Se encerró y cogió el teléfono.
-¿Elisabeth?
-Si. ¿Quién es?
-Soy Rosalie. Necesito que vengas. Avisa a los chicos. Yo he de buscar a mi tía.
-¿Qué ha ocurrido?
-Tú ven, por favor. Chao.- y colgó. Necesitaba arreglarse un poco antes de que llegaran. Abrió su vestidor y se zambulló en vestidos y zapatos de marca.
-¡DANI!-gritaba Elisabeth.- ¡BAJA YA!
-Ya voy, caray-se quejó Daniel saliendo a la calle-¿Pasa algo tan grave como para que no haya ni podido arreglarme?
-Algo ha pasado en Ridgway Hall.
-Dios mío. ¿Tiene que ver con la tía de Rosalie?
-Sí.
-Vayamos rápidamente a por Edward.
-OK.
La pareja fue a por el tercer miembro del grupo, que estaba escuchando música en su cuarto. Edward bajó raudo al saber lo que ocurría y los tres se encaminaron a la mansión Ridgway.
Al llegar, Rosalie les esperaba ya ante las rejas de hierro con mirada preocupada. Daniel, Elisabeth y Edward se miraron y se acercaron a Rosalie.
-Gracias por venir tan rápido, chicos. Necesito que me ayudéis.
-¿Qué ocurre Rose?-le preguntó Elisabeth.
-Son varios los motivos, pero el principal es que mi tía ha desaparecido.
-Bueno, ¿y qué?- preguntó Daniel.
-¡Cómo que y que! ¡Es su tía!- le gritó Elisabeth.
- Ya, pero todos la odiábamos.
- Eso es cierto, pero el problema es que mi madre está de pronto bastante mal. No se quiere levantar. Creo que la desaparición de mi tía tiene algo que ver.
- Vaya, entonces es algo grave.
-Si, ya lo creo.
-Debemos encontrarla.
-¿Por dónde empezamos a buscar?
-Por Kilmore Cove, por supuesto. Aquí, en la casa, no está. Ya la he buscado.
-¿Estas segura? Este tipo de mansiones antiguas suelen tener pasadizos ocultos- observó Edward.
-La verdad es que no había pensado en eso- confesó Rosalie.
-Entonces, que se quede Elisabeth contigo y que te ayude a buscar mejor. Daniel y yo bajaremos al pueblo a indagar por el paradero de tu tía.
-Hecho- y los cuatro se separaron: las chicas volvieron a Ridgway Hall y los chicos empezaron la bajada del acantilado.
Rosalie llevó a Elisabeth al interior de la mansión. La joven tal sólo había visto el salón principal y los jardines la noche del cumpleaños de Esmeralda Ridgway, así que Rosalie le mostró el resto de la mansión. La fascinó el invernadero de cristal y los suntuosos dormitorios de la planta superior. Sin embargo, Rosalie no puedo mostrarla todas y cada una de las habitaciones: en la planta superior había una sala que, según Rosalie, siempre había estado cerrada. Aunque sus padres podían pasar con una llave, a ella se lo tenían terminantemente prohibido. A Elisabeth le extrañó la prohibición, pero lo dejó pasar y siguió a Rosalie al resto de la casa. Cuando se la supo más o menos de memoria, preguntó si tenían biblioteca. Rosalie le contestó que seguramente la habitación prohibida lo era, pero que no lo sabía con certeza. Elisabeth empezó a sospechar, pero dejó las deducciones para más tarde. Propuso que se separaran y que cada una buscara un pasadizo pos cada ala de la casa. Rosalie aceptó y se marchó hacia el ala este, mientras que Elisabeth lo hizo al oeste.
En la parte baja del ala oeste había dos salones, una terraza, un saloncito de té y tres baños. En la planta superior, dormitorios y más baños, además de un pequeño gimnasio. Rosalie buscó y buscó, pensando en las películas de la tele. Buscó botones que apretar, palancas que accionar y puertas detrás de la pared, pero no encontró nada
La suerte de Elisabeth. Ella estaba en la parte oeste, en cuya planta baja estaban la cocina, los aposentos de los criados, el comedor y otros dos baños más. En la planta superior, otros dos dormitorios, un baño y la sala prohibida. Elisabeth pasó un rato delante de la puerta y después se puso, como Rosalie, a buscar mecanismos secretos. Cuando se dio por vencida, miró en las demás salas y después volvió al vestíbulo, donde la esperaba Rosalie.
-¿Alguna novedad?
-No.
-Vaya, que pena.
-Si.
-¿Cómo les irá a los chicos?
Daniel y Edward iban por el pueblo preguntando a los habitantes de Kilmore Cove si habían visto a Bellatrix Ridgway, la hermana de la reciente cumplidora de años, la señora Ridgway. Nadie la había visto después de la fiesta, pero una vecina de Daniel, la anciana señora Eagle, que estaba un poco ciega, les dijo que la había visto ir hacia la cocina y después salir al jardín oeste. Los chicos la preguntaron cómo estaba tan segura (ya que no se fiaban de la vista de la anciana, a pesar de su apellido, águila) y ella les dijo que Bellatrix la había causado mala impresión porque la había empujado sin querer y se no había disculpado.
Aquella pequeña pista alegró a los chicos, que le dieron las gracias a la anciana y se marcharon de su casa. Siguieron buscando por el pueblo y se obligaron a aceptar que nadie había visto a Bellatrix Ridgway por el pueblo la noche anterior. Daniel propuso buscarla por el bosque y el mar. Edward aceptó y eligió el mar. Daniel se despidió de él y se marchó al bosque de pinos que estaba al lado del pueblo, mientras que Edward iba a su casa a por las llaves del pequeño barco de vela de su padre. Cuando volvió al puerto, buscó el nombre de “Poseidón”, nombre con el que había bautizado su padre al barco. Subió a él y arrancó. Acto seguido se dirigió al rompeolas de Mermaid Cale. Dio una vuelta alrededor suyo y llegó al otro lado de la bahía. Como no encontró nada, volvió atrás y, cuando pasaba de nuevo por Mermaid Cale, un rayo de luz lo cegó. Paró y entrecerró los ojos para ver que era la luz que lo había sorprendido. Arrancó de nuevo y se acercó al rompeolas. Cuando estuvo lo bastante cerca como para distinguir cada roca, ahogó un grito. La luz que le había cegado procedía de un rayo de sol que se había reflejado en el corsé de pedrería que portaba Bellatrix Ridgway, que yacía atravesada en una roca, totalmente desangrada y con una expresión de horror en la cara.

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