Capítulo Tercero: Un crimen sin resolver

Capítulo Tercero 
Un crimen sin resolver


El móvil de Rosalie sonó en su bolsillo. Ella lo cogió y escuchó a un Edward asustado que estaba cerca de un ataque de pánico:
-¡¡ESTÁ AQUÍ!!
-¡Edward!, ¿qué ocurre?
-¡¡TU TÍA!!¡¡LA HE ENCONTRADO!!
-¿En serio? ¿Dónde está?
-Asómate al acantilado…
Rosalie colgó y cogió a Elisabeth de la mano, llevándosela con ella al borde de mármol que bordeaba el acantilado. Se asomó y vio a Edward en su barco, gritándola que mirara abajo. Ambas chicas bajaron la mirada y chillaron al ver, en el rompeolas, a la tía de Rosalie atravesada y manchada de sangre. Rosalie llamó a un criado y le ordenó que llamara a la policía del pueblo, que les dijera que se acercaran al “Poseidón”, el barco del jefe de la estación, en el que se encontraba su hijo Edward, que les debía enseñar una cosa. 10 minutos después, un barco de la policía del pueblo llegaba al lado del “Poseidón”, en donde Edward les esperaba temblando y sin mirar a las rocas, al igual que las chicas. El comisario miró a los tres adolescentes y le preguntó a Edward que ocurría. Él tan sólo dijo:
-El rompeolas…
Los oficiales se giraron y vieron el cuerpo de la mujer. Algunos apartaron la mirada del cuerpo bañado por las olas, pero al comisario arrugó el entrecejo y ordenó que acercaran el barco a las rocas para recuperarlo. Después aconsejó a Edward que se fuera a Ridgway Hall, para que se tranquilizaran los tres un poco. Él accedió, arrancó el barco y se acercó al puerto. Allí le esperaba un Daniel excitado ante las nuevas noticias. Le preguntó que era lo que había pasado y Edward le relató como había encontrado el cuerpo y como había ido la policía a por él. Daniel puso cara de asco al saber el deplorable estado en que se encontraba el cuerpo de la tía de Rosalie y, junto a Edward, subió las escaleras que llevaban a la mansión. Cuando llegaron allí, las chicas les abrieron el portón de entrada y les condujeron al salón principal. Rosalie, al saber la suerte de su tía y a pesar del odio que sentía hacia, se había puesto un vestido negro que la confería un aura siniestra y melancólica. En la sala se respiraba el aroma del lujo y del dinero: los sillones, que estaban junto a la chimenea de mármol y granito, eran de piel roja; los múltiples cuadros (Picassos, un Vermeer y dos de Velázquez) originales, no copias, que decoraban las paredes que habían costado una fortuna; las mesas bajas, de madera de caoba y con las patas labradas y pintadas con trazos dorados; los candelabros y demás objetos que decoraban y llenaban las consolas y demás superficies, eran figuritas de oro y antiguas reliquias (relojes, muñecos, cajas de música con autómatas, etc.); y del techo colgaba una araña de cristal de menor tamaño que la que adornaba el techo del vestíbulo, pero de misma elegancia y belleza.. En ella se conjuntaban pequeños adornos de oro que parecían lazos con grandes diamantes que reflejaban el arco iris. Los chicos se sentaron con cuidado en los sofás de la chimenea y Rosalie indicó a una criada que les trajera unas tazas de té a cada uno con unas pastas.
La obediente sirvienta murmuró un seco “si señorita Ridgway” y se marchó a la cocina, cerrando la puerta de madera labrada del salón, dejando a los chicos solos. Ninguno de los cuatro quería hablar, no sabían como empezar y tampoco querían seguir hablando de la reciente aparición de un cadáver bajo la casa de uno de ellos. La sirviente volvió 10 minutos después portando una bandeja de plata en la que iba la comida que Rosalie había solicitado. La criada preguntó si “los señoritos” deseaban algo más. Todos la sonrieron y dijeron que no, que muchas gracias por la comida. Ella se excusó y salió de la habitación.
Daniel se levantó, incapaz de seguir sin hacer nada. Se fijó en las estanterías que había en una pared y preguntó:
-¿Qué libros tienes aquí?
-Pues tengo…- de repente, Rosalie se acordó de lo que había hecho esa mañana. “Libro –arriba”-¡Dani! ¡Gracias por recordármelo!
-¿Cómo?
Rosalie relató a los chicos lo que le había pasado esa mañana. Luego sacó el papel arrugado y lo extendió en la mesa. Todos lo contemplaron y Edward preguntó:
-¿Qué quiere decir?
-Rose y yo hemos estado pensado en ello, y no lo sabemos con certeza- apuntó Elisabeth.
-¿No podría ser la cubierta de un libro, por ejemplo?- sugirió Daniel.
-Si, pero el problema está en que estas son las únicas estanterías de libros de toda la casa. Que yo conozca. Y aparte, por supuesto, de las estanterías de mi cuarto, donde ya he mirado- dijo Rosalie.
-¿Y si fuese una biblioteca del piso de arriba?- preguntó Edward.
-El problema está en que en la casa no hay ninguna biblioteca. Arriba hay una sala a la que tengo prohibido el paso. A lo mejor es una biblioteca- dijo Rosalie.
-Qué extraño…
-Por cierto Edward, ¿te dijo la policía algo sobre…?
-No. Me dijo que subiera hasta aquí. Supongo que en un rato subirán ellos también para preguntar y cosas así.
-¿Creéis que fue un suicidio?
-No. De eso puedes estar seguro. Mi tía tenía todo lo que deseaba.
-¿Estás insinuando que la han…?
-Si, asesinado.
-Madre mía.
-Caray.
-Vaya culebrón- todos miraron a Daniel por el comentario. Él se excusó- Bueno, haber si me entendéis, me refiero a que sería perfectamente el argumento de una novela.
-En eso llevas razón, no te digo yo que no- aceptó Edward.
De repente, sonó el timbre del vestíbulo.
-La policía- dijo Elisabeth.
Rosalie guardó el papel en su bolsillo. Escucharon al mayordomo abrir la puerta y saludar al comisario y un ayudante. Le escucharon decir que deseaba hablar con la señora Ridgway, pero como el mayordomo les dijo que no podía ser pidieron audiencia con su hija, la señorita Ridgway. El mayordomo les pidió que le acompañaran y empezaron a oír los pasos que se acercaban. Un segundo después la puerta se abrió y el mayordomo dijo:
-¿Señorita Ridgway? El comisario quiere hablar con usted.
-Hazle pasar, Gustavo.
El comisario entró en el salón, acompañado de una ayudante y los cuatro se levantaron. El hombre se quitó el sombrero ante las damas y dio un apretón de manos a los hombres. Después Rosalie les ofreció asiento a ambos y la pareja se sentó. Ella cruzó las piernas. El comisario la miró y le dijo:
-Señorita Ridgway, ¿sabe lo que ha ocurrido, verdad?
-Por supuesto- la seriedad de Rosalie sorprendió tanto al comisario y su ayudante como a sus amigos. Se notaba que de mayor sería una mujer de negocios, con la mente fría cuando la situación lo requierese.
-¿Tiene alguna idea de lo que pudo ocurrir?
-Por supuesto. Mi tía fue asesinada.
-¿Cómo dice?
-Lo que oye. Mi tía, Bellatrix Ridgway, fue anoche asesinada durante la celebración del cumpleaños de mi madre, Esmeralda Ridgway- se levantó a echarse azúcar en la taza y se volvió a sentar con ella en la mano, dando vueltas con la cucharilla de plata.
-¿Está su madre por aquí?
-Me temo que está indispuesta.
-¿Qué la ocurre?
-Anoche durmió mal y esta mañana no se encontraba bien- dio un sorbo al té.
-Hágale saber mis más sinceros deseos de que se recupere.
-Así será.
-Puedo preguntarle señorita Ridgway, ¿sabe de alguien que quisiera matar a su tía?
-Claro. Todo el mundo.
-¿Cómo?
-¿Es que era a usted al único al que caía bien? La mayoría de los habitantes del pueblo la detestaban. Incluso yo tampoco la soportaba- bebió otro sorbo.
-¿Usted no apreciaba a su tía?
-No. Nunca me cayó bien y con los años he ido poco a poco odiándola más.
-¿Se da cuenta de que se está colocando como primera sospechosa?
-Si, pero mis amigos pueden decirle que no me separé de ellos. Bailé con Edward y Daniel y estuve hablando con Rosalie. Siempre con uno de los tres.
-Esa es una gran coartada.
-Ya lo creo. Pero sino me cree, pregúnteles. Aquí los tiene.
-No me hace falta, señorita Ridgway, me fío de usted.
-Ese comentario me halaga.
-Una pregunta más, si me permite. ¿Dónde está el collar de esmeraldas de su tía?
-¿Perdone?
-Verá, anoche vine con mi mujer. Ella se fijó en un “fabuloso collar de esmeraldas que resaltaba la belleza de la hermana de la señora Ridgway”. Miré a su tía y, en efecto, vi el collar. Pero hoy, cuando hemos recuperado su cadáver del rompeolas, el collar no estaba donde debería estar, ya que, si fue asesinada durante la fiesta, no pudo ir a sus aposentos a dejarlo.
-No tengo ni idea de donde puede estar- depositó la taza cuidadosamente en la mesa.
-Bueno, no tiene importancia. Gracias por prestarnos un poco de su tiempo, señorita Ridgway.
-De nada comisario. ¡Gustavo!- Rosalie se acercó a la puerta y el mayordomo apareció por ella.
-¿Si señorita?
-Lleve a estos señores a la salida, por favor- le indicó Rosalie acercándose a él.
-Ahora mismo.
El mayordomo se llevó a los policías de la sala y al vestíbulo. Los jóvenes escucharon como Gustavo cerraba la puerta y se iba a la cocina. Rosalie se sentó y abrió la palma de la mano. En ella brillaba una llave.
-¿Qué es eso?
-Una llave maestra de la casa. Se me ocurrió mientras hablábamos antes de que llegaran los policías. Estoy segura de que con ella podremos entrar en la sala de arriba.
-¡Eres genial Rosalie!
-¡Bien hecho!
Los cuatro adolescentes se levantaron y salieron del salón sin hacer ruido. Eran las 12 de la mañana y la luz solar entraba a raudales por los ventanales del enorme vestíbulo, iluminando la enorme araña de cristal que colgaba del techo. Los chicos subieron la escalinata y marcharon hacia el final del lado oeste. Al fondo vieron la puerta. Su destino. Se acercaron a ella. Rosalie introdujo la llave en la cerradura y suspiró. Después la giró. La cerradura no opuso la más mínima resistencia. La puerta de caoba se entreabrió.

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