Capítulo Noveno: Mermaid Cale

Capítulo Noveno
Mermaid Cale

La luz de la luna bañaba las olas y las daba un carácter plateado. Estas llegaban hasta la playa, donde bañaban los pies de un adolescente que caminaba por la playa descalzo y con las sandalias en la mano. Edward levantó la vista hacia el cielo, donde la luna brillaba con un resplandor hipnótico. Edward sonrió ante la belleza de la visión del cielo. Habían pasado ya dos meses desde que la madre de Rosalie le había hecho una gran abertura en el pecho. Miró hacia el acantilado de Mermaid Cale. Ahora ya no era una finca privada. Rosella, la abuela de Rosalie había decidido crear un lugar de ocio. Había rodeado el borde del acantilado con una verjas decoradas con rosas de bronce y en el centro del parque había mandado poner una estatua que representara a una sirena saltando por encima del pueblo de Kilmore Cove en el centro de una fuente, de modo que pareciera su protectora, ya que “Mermaid” significa “Sirena”. Alrededor de la enorme fuente había bancos, arbustos, árboles y estanques, además de un pequeño escenario con unas gradas para ver espectáculos. Edward decidió subir hasta el parque, ya que debía volver a casa a las 10 y todavía eran las 9. Se calzó las sandalias de cuero y se acercó a las escaleras del acantilado a las que habían puesto un pasamanos y recubierto de madera para evitar resbalones. Subió despacio y sin prisa. Cuando llegó a la entrada atravesó el arco de piedra que servía de puerta. Deambuló por los alrededores de la fuente, en ese momento apagada, oliendo aromas de flores y mirando cada flor que le llamara la atención. Se sentó en el banco que daba al mar y se sentó. Desde allí parecía que el mar no tenía fin. Tosió y arrugó el entrecejo por el dolor que le había producido en el pecho. Respiró profundamente para que el calor que le quemaba por dentro pasara. Poco a poco el dolor desapareció de su pecho. Se puso la mano en él y allí la dejó, como para consolarse. El médico le había advertido que no hiciera movimientos bruscos ni ningún deporte. Que solamente diese grandes paseos para compensar la falta de ejercicio. Edward llevaba bien el no hacer ejercicio, pensó que su amigo Jonathan no lo habría podido aguantar. Con lo activo que era, a la semana estaba de nuevo en el hospital. Sonrió ante ese pensamiento y cerró los ojos. Escuchó el romper de las olas contra el acantilado.
Se levantó del banco y caminó por el parque. A la luz de la luna, las hojas de los árboles y arbustos eran de plata; las piedras, diamantes; y la fuente un surtidor de esperanza y felicidad. Se aproximó a la fuente y se agachó para ver la playa del Kilmore Cove en miniatura. No le hizo falta acercarse más a la escultura para ver a las personas que estaban en la playa. Eran ellos mismos, Rosalie, Daniel, Elisabeth y él. Todos en cadena, cogidos de las manos y sonriendo. Una solitaria y silenciosa lágrima le cayó por la ardiente mejilla al pensar que ellos no estarían allí sino hubieran sobrevivido a Ridgway Hall. Alargó la mano y rozó con las yemas de los dedos las figuras que representaban a Rosalie y a él mismo. Apartó la mano y buscó con la mirada u rosal en toda la superficie del parque. Lo encontró cerca del arco de entrada. Se acercó a él y, de una rosa, arrancó un pétalo. Volvió junto a la fuente y lo depositó junto a las figuritas de Rosalie y él. Luego se levantó y miró su reloj. Le quedaba tiempo de sobra para ir a visitarla. Siguió el camino de piedras blancas hacia el arco de piedra y se paró. Volvió a tras y, del rosal, arrancó una rosa, la más bonita y abierta de todas. Después corrió fuera del parque y bajó por las escaleras del acantilado. Cuando llegó a bajo se encaminó a casa de Rosalie.
Un suave viento se levantó en el pueblo. La corriente de aire subió por el acantilado rauda y silenciosa, atravesó el arco y entró en el parque allí aposentado. Se paró ante la visión del pétalo de rosa en la fuente. Se acercó a él y lo levantó. Después se lo llevó volando del lugar. Subió por encima de la valla de hierro y cayó hacia abajo, pero remontó el vuelo y el pétalo giró a la derecha, hacia la playa del pueblo. Cuando llegó, una nueva corriente lo elevó para que pudiese llegar al pueblo. La corriente llevó al pétalo volando hasta la fachada de una casa. Allí lo elevó un poco más y lo metió por una ventana abierta, depositándolo con sumo cuidado encima de un libro. “Romeo y Julieta”.
Edward entró en su casa y gritó un potente “¡YA ESTOY AQUÍ!”. Su madre le saludó y le dijo que subiera a cambiarse. Él la dio un beso en la mejilla y saludó a su padre y su hermano, que estaban terminando la maqueta de Atenas. Subió por las escaleras bostezando y entró en su cuarto. Se acercó a cerrar la ventana cuando lo vio.
Un pétalo de rosa sobre uno de sus libros favoritos. Levantó la mirada al acantilado y observó el parque. Supo de donde provenía el pétalo y sonrió, cogiéndolo. Lo colocó en un marco de fotos. La foto era de él y Rosalie.

Pero, la historia no acaba aquí…

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