Capítulo Séptimo
Asalto a Ridgway Hall
En Kilmore Cove el cielo se oscureció de pronto. “Un nubarrón” pensó la madre Edward. Estaba sentada en la azotea de la casa, leyendo un libro de su hijo. “El Resplandor” de Stephen King. El padre, Jack Torrance, del pequeño niño protagonista, Danny, planeaba matarlo a base de golpes con un mazo de roqué, un extraño deporte ahora extinguido. Recordaba haber visto la película. En ella, al contrario que en el libro, el padre intentaba asesinar a su esposa Wendy y a su hijo con un hacha, muriendo congelado en las profundidades de un laberinto. Se asustó al llegar a la parte en que el padre acorralaba la niño al final de un pasillo. Pensó que se acabarían allí los días del niño, pero los acontecimientos tomaron un giro inesperado. Levantó la vista del libro y miró la hora. Edward estaba en Ridgway Hall con sus amigos, por lo que bajó a preparar la merienda, un bocadillo de Nocilla, a su hijo pequeño. Tomás se encontraba construyendo una maqueta que recreaba una ciudad griega, Atenas.
-Voy a prepararte la merienda, Tommy. ¿Quieres algo en especial?
-No, gracias mamá. Nocilla como siempre- le dijo Tomás mirándola sonriente. Llevaba la maqueta muy avanzada y ya se podía apreciar el lugar que ocupaban el Partenón y el ágora de la ciudad. La mujer se acercó a su hijo y le besó en la cabeza, alborotándole el cabello. Después se fue a la cocina. Desde su posición podía ver la plaza del pueblo y el acantilado de Mermaid Cale. De repente, vio salir a varios vecino de sus casa, todos mirando al acantilado. Dejó el cuchillo con el que estaba untando la Nocilla en una rebanada de pan y cogió su abrigo. Después avisó a gritos a Tomás que iba a salir un segundo y el niño la contestó que muy bien. Salió y se acercó a sus vecinos. Entonces los escuchó.
Las madres de Daniel y Elisabeth estaban en el mercado del Kilmore Cove comprando cuando se vieron. Se saludaron y siguieron haciendo la compra juntas.
-¿Te lo ha dicho Daniel?
-No, ¿el qué?
-Pues es que resulta que ayer tu hijo besó a Elisabeth. Ella volvió a casa más contenta que unas pascuas.
-¿En serio?
-A lo mejor te lo dice hoy. ¿No han subido a Ridgway Hall juntos? Ya verás, hoy se nos presentan como pareja. ¡Ay, que emoción!
-Pues tienes razón. Dentro de poco, nos veo peleándonos por los nietos.
Las mujeres se rieron de la predicción hecha por la madre de Daniel y después siguieron comentando noticias locales, como la de el reciente accidente de la Señora Ridgway. Las extrañaba mucho que perdiera el control, ya que la bajada del acantilado era muy fácil, es más demasiado fácil. Era imposible perder el control del vehículo y acabar en la playa sino se hacía aposta. Ante esta sugerencia las mujeres se quedaron asustadas. Una mujer así podía hacer cualquier cosa. Salieron del mercado y quedaron para ir después de dejar la compra en casa a buscar a la madre de Edward para irse las tres a tomar algo. Cuando a los 10 minutos se reunieron se encontraron a medio pueblo en la plaza. Entre ellos estaba la madre de Edward. Se acercaron a ella y la preguntaron:
-¿Qué ocurre?
-Escuchad- les dijo.
Entonces los escucharon. Claros y firmes. Chillidos y gritos de angustia que provenían del acantilado. De su cumbre. De Ridgway Hall. Fue entonces cuando los habitantes de Kilmore Cove vieron la columna de humo que salía de la pared frontal de la casa. Algo pasaba en la mansión de Mermaid Cale. Las madres de los tres adolescentes que estaban atrapados en la casa chillaron y empezaron a correr hacia el acantilado. Los demás habitantes del pueblo las siguieron en la escalada por el acantilado, algunos armados con palas, picos y rifles. Al final llegaron a la cumbre y vieron la verja de hierro. La abrieron y entraron en la finca Ridgway.

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